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13 Y si yo hubiera estado alli

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13 Y si yo hubiera estado alli
¿Y si yo hubiera estado allí?
Se trata de seguirle la corriente al como si presente me hallare… de san Ignacio y acercarnos así a las narraciones
sobre los acontecimientos finales de Jesús. Los personajes que aparecen en ellas y sus reacciones son un espejo en
el que podemos mirarnos y reconocernos, si estamos dispuestos a aceptar que en ellas «se habla de nosotros».
Empezamos a contemplarlos/nos partiendo en primer lugar al corazón: en ese núcleo de la persona veremos dos
tipos de actitudes: la desmesura o el cálculo. Si miramos los pies (los suyos y los nuestros) como expresión de la
manera de actuar y comportarse, observaremos dos reacciones: la huída o la permanencia.
Tomamos distancia para reflexionar sobre los distintos personajes:
Vemos a los calculadores que se quedan siempre ‘más acá’, no se atreven a transgredir límites, deciden
permanecer en lo razonable y lo sensato y, desde ahí, califican de locura lo contrario. Pertenecen al
gremio aquel chaval al que Jesús invitó a seguirle (Mc 10, 20-22) pero él echó cuentas sobre lo incómodo
e imprevisible que iba a resultarle caminar junto a semejante Maestro y se volvió a su casa con su tablet
recién comprado, su iPhone de última generación y su apetitoso Erasmus en perspectiva. Y aunque se
quedó con todo y no cometió la locura de emprender una vida a la intemperie, sus cálculos y previsiones
no fueron capaces de protegerle de una tristeza rarísima que se le había instalado en el corazón.
También Nicodemo, a quien Jesús propuso ‘nacer de nuevo’: eso a él le pareció absurdo e imposible (Jn
3, 3-4) y el escepticismo tiró de él para retenerle del lado del sentido común, de lo inmóvil, lo viejo y lo
que siempre se había hecho.
En las vísperas de la pasión, los que compartían cena en casa de Simón el fariseo vieron a aquella mujer
que rompía su frasco de perfume para ungir a Jesús y se echaron las manos a la cabeza: qué
desperdicio, qué extravagancia, qué insensatez. Con seis millones de parados ¿no hubiera sido mejor
gastarse ese dinero en dar de comer a una familia? Y es que la estrechez de su mente les impedía captar
la belleza de aquel gesto de derroche (Mc 14, 3-4).
La mujer era del otro grupo, el de los desmesurados, el de los que se dejan guiar por la extraña lógica que
nace del amor y dejan atrás prudencias, medidas o previsiones.
Así era también Zaqueo, tirando por la ventana sus cuentas corrientes y dejando en adelante en números
rojos la totalidad de su vida: «Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres y, si en algo he
defraudado a alguien, le devolveré cuatro veces más» (Lc 19, 8)…
Y también aquella viuda pobre que entregó a Cáritas lo que le quedaba de su pensión, todo lo que le
tenía para acabar el mes (Mc 12, 44). Y en cada una de esas situaciones, Jesús se pone de su parte,
expresa su admiración, califica de bueno y precioso lo que han hecho. Y es que él era el Gran
Desmesurado, el Derrochador, el Insensato, el que nunca supo de cálculos ni de medidas ni de reservas.
Dirigimos ahora la mirada a los fugitivos, a los discípulos de Jesús que empezaron ya a huir cuando se
resistieron entender que su Maestro fuera a sufrir y que subiera a Jerusalén (Mc 9, 32). Pedro, tratando de
convencer a Jesús de que se alejara de ese camino (Mc 8,31-32) y negándole después (Mc 14, 66-72); los
otros, dormidos en Getsemaní como un recurso más o menos consciente para desentenderse y evadirse
(Mc 14, 37) y huyendo en el momento del prendimiento (Mc 14, 50). No es de extrañar que, ante la
imagen desfigurada del Servidor sufriente (Is 52,13-53,12) y ante los que hoy siguen ‘desfigurados’, la
reacción espontánea es la de ‘espantarse’, ‘despreciarlos’, ‘evitarlos’, ‘taparse la cara’, escapar.
Jesús que lo sabía, había hablado muchas veces de permanecer: «Vosotros sois los que habéis
permanecido conmigo en mis pruebas» (Lc 22, 28); «Permaneced en mi amor...» (Jn 15, 4.7.9.10);
«Permaneced aquí y velad conmigo»(Mt 26, 38). Y es esa actitud la que revela que el verdadero discípulo
permanece junto al Maestro también en el momento de la prueba más dura: «Junto a la cruz de Jesús
estaban su madre, la hermana de su madre, María de Cleofás y María Magdalena. Jesús, viendo a su
madre y al lado al discípulo que tanto quería...» (Jn 19, 25-26). «Estaban allí mirando a distancia algunas
mujeres, entre ellas María Magdalena, María, madre de Santiago el menor y de José y Salomé, las cuales,
cuando estaba en Galilea, lo habían seguido y servido; y otras muchas que habían subido con él a
Jerusalén» (Mc15, 40-41).
Fueron discípulos y discípulas que mantuvieron fija en él una mirada que les permitía adentrarse en el
misterio. Su permanecer era la etapa final de su seguimiento y, como en el relato de Bartimeo, su ver era
sinónimo de su creer (cf Mc 14, 54).
Después de este recorrido, podemos acercarnos a Jesús desde la actitud de cualquiera de esos personajes, la que
reconozcamos más cercana a la nuestra. Y pedirle que nos ayude a salir de nuestra tibia mediocridad, que nos
familiarice con esos adverbios ‘tan suyos y de su gente’ como más, demasiado, siempre.
Tratamos de conocer internamente a qué actitud
profunda responden esos gestos de desmesura o de
permanencia, tanto en los personajes bíblicos como
en nosotros, de qué manantial secreto de urgencia
agradecida, de generosidad, de despreocupación
por el propio yo han brotado. Dialogamos con cada
uno de los personajes, les hacemos preguntas sobre
sus sentimientos, les pedimos que nos cuenten cuál
fue el camino que les llevó a ser así y a actuar así,
para dejarnos seducir por su talante vital.
Dirigimos también nuestra mirada a tanta gente que
hoy sigue viviendo de esa manera en tantos lugares
del mundo, también cerca de nosotros. Nos
alegramos de ello, los felicitamos desde lo más
profundo del corazón. Sentimos orgullo de
pertenecer a una humanidad y de una Iglesia en la
que muchos hombres y mujeres viven fuera de sí
mismos para entregarse a otros y siguen siendo
capaces de traspasar límites.
Posiblemente, al acercarnos hoy nosotros a la pasión de Jesús, no alcancemos a hacer nada más que esto:
no huir, romper el frasco de alabastro de nuestros cálculos, permanecer pobre y silenciosamente a su lado,
dejar que la desmesura de su amor encienda la nuestra.
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