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Por qué crea Dios a los que sabe que se han de condenar?

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Por qué crea Dios a los que sabe que se han de condenar?
Objeción: ¿Por qué crea Dios a los que sabe que se han de condenar?
INTRODUCCIÓN.
1. Todo lo que puede entrañar esta objeción de morbosa inquietud ante el problema de la
predestinación, de fatalismo, del desviado concepto sobre la insensibilidad de un Dios
lejano y justiciero, etc., nos lleva a la raíz; a un determinado estado del alma.
2. Por eso no importa tanto destruir la objeción en sí cuanto iluminar el fondo del alma,
centrar su punto de vista, poner al alma en la recta dirección para que ella pueda
serenamente entrar en la verdad.
I.— ACTITUD ANTE EL MISTERIO.
A) En presencia del misterio.
1. El misterio de Dios es insondable, infinito. La fe va penetrando, pero no lo abarca.
2. ¡Qué pequeño seria Dios si lo comprendiésemos! El cristiano adora la grandeza de
Dios y de sus designios.
B) Entre Dios y el hombre.
1. Dios actúa en la vida del hombre por amor. A veces lo vemos con claridad: su
encarnación, la muerte en la cruz, la eucaristía...
2. Otras veces no captamos ese móvil del amor. Los santos, que penetran tanto en la
atmósfera de lo divino, lo entienden mejor, hablan de los altísimos fines del amor de
Dios.
3. «¡Cuan insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!» (Rom. 11, 33).
C) Ante el misterio de este tema.
1. En este misterio hay algo que Dios nos ha revelado. La Iglesia va mostrando el
camino: por este lado, no; por aquí tampoco. Por el medio, sí...
2. Lo difícil es profundizar en la conciliación, alcanzar a ver con la fe ese equilibrio de la
verdad.
3. Para entender algo en éste, como en los demás misterios, conviene templar la actitud.
Importa mucho la visualización exacta del misterio.
II.— NO HAY PREDESTINACIÓN AL INFIERNO.
A) Dios no destina a nadie al infierno.
1. A nadie crea con este tremendo destino. Pensarlo es una herejía.
2. La Iglesia ha definido frecuentemente que nadie está predestinado al mal y a la
condenación (Cf. Dz. 160, 200, 300, 316, 827, etc.).
3. «Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva» (Ez. 33, 11).
B) A todos orienta positivamente al Cielo.
1. Porque quiere que todos los hombres se salven (Cf. 1 Tim. 2, 4).
2. Lo quiere seria y sinceramente, «con toda la seriedad que hay en la cara de un Dios
crucificado» (Gar-Mar), del Cristo que murió por todos (Cf. 2 Cor. 5, 15).
3. Y a todos da gracias abundantes para salvarse de hecho. Nadie podrá excusarse: el que
se pierda, se perderá por su propia culpa.
III.— PERO ALGUNOS PUEDEN CONDENARSE.
A) Y Dios lo ve.
1. Quizá espante este pensamiento de que Dios conozca ya nuestro final, y lo conozca
infaliblemente.
2. Ciertísimo que Dios sabe quiénes se han de salvar o condenar. Y ve desde ahora su
salvación o condenación.
3. Pero hay que rechazar un falso concepto: el considerar a Dios de un modo muy
humano. La verdad es:
a) Dios ve el futuro, porque para Él es presente.
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b) Dios es eterno, y la eternidad es tener en cada instante toda la vida, la que nosotros
llamamos pasada lo mismo que la futura. Toda a la vez.
c) Es el misterio de la eternidad de Dios. No lo comprendemos, pero no hay derecho
para pensar en un Dios al modo humano.
B) Y lo permite.
1. El pecador se pone él mismo en peligro de condenarse.
a) El que es condenado lo es en razón de su propio pecado (Cf. Dz. 200. 316, etc.).
b) Es claro que nadie peca, a no ser por un consentimiento libre de la voluntad,
porque quiere.
c) A pesar de ello, Dios con su gracia puede levantar del pecado y salvar. Y lo hace
muchas veces.
2. Alguna vez, sin embargo, Dios abandona al pecador en castigo de su perversa
voluntad.
a) Es verdad que Dios a nadie niega las gracias que necesita para salvarse.
b) Pero el que está en pecado mortal no puede levantarse por sí mismo. Necesita una
gracia actual de Dios. Y el abuso de estas gracias puede determinar el abandono de
Dios.
IV.— ¿POR QUE NO LOS VA A CREAR?
A) Dios nos ha creado a todos en libertad.
1. Para que libremente obremos nuestra santificación.
a) Esa es la intención de Dios al crearnos.
b) Nos hizo libres, no para ponernos en peligro de pecar y condenarnos, sino para
poder ganar el Cielo meritoriamente.
c) La felicidad es premio a la virtud. Y la virtud nace de la libertad con la gracia de
Dios.
d) Porque Dios creó al hombre libre, hay en el mundo grandeza de alma, virtudes
heroicas, gestos nobles.
2. Y libremente nos hagamos herederos del Cielo.
a) Dios confió a la libertad del hombre el designio del Génesis (1, 28): «Procread y
multiplicaos».
b) Aparecen hombres sobre la tierra —con un destino para el Cielo— cuando los
hombres quieren.
c) ¿Por qué Dios no se lleva antes del uso de la razón a esos precisamente que sabe
que se van a condenar?
1. Les privaría de la oportunidad de una vida santa.
2. Daría a los demás la peligrosa seguridad de la perseverancia final, al ver
que todos se convertían a última hora.
3. Cristo quiso dejar en la más absoluta oscuridad el misterio de los que se
salvan o de los que se condenan, para que valemos alerta (Mt. 25, 13).
B) Luego ¿Dios presencia fríamente la condenación?
1. Dios actúa siempre por amor.
Cuando Dios permite el mal es para sacar mayores bienes. Únicamente por un bien
mayor permite Dios la condenación de alguien.
a) No para el bien del pecador, porque más le valdría no haber nacido.
b) Pero sí para el bien de los demás. Indudablemente la libertad es un gran don (Cf.
Mt. 18, 7 ; 1 Cor. 11, 19).
c) Y para la gloria de Dios: gloria de su justicia en el castigo... No alcanzamos el
misterio. Mejor nos es adorarle con San Pablo: «¡Oh hombre!, ¿quién eres tú para
pedir cuentas a Dios? Acaso dice el vaso al alfarero, ¿por qué me has hecho así?»
(Rom. 9, 20).
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2. A Dios sí le importan los hombres.
a) Ese Dios que se vio obligado a crear el infierno, es el mismo que «amó tanto al
mundo, que le dio su unigénito Hijo» (Jn. 3, 16). Dudar del amor de Dios es una
impiedad y una herejía.
b) El mismo Cristo que condenará a los réprobos el día del juicio, ha derramado su
sangre por todos. Dudar del amor de Cristo es blasfemia.
c) Ese mismo Cristo que permite que alguien vaya por el camino de la perdición:
1. Es el buen Pastor que deja las noventa y nueve ovejas y va en busca de la
descarriada.
2. Es el padre que en la parábola del hijo pródigo salía todos los días al
encuentro del descarriado.
3. Es el Cristo Redentor, que inventó el perdón y el amor.
CONCLUSIÓN.
1. Es verdad ciertísima que Dios no predestina a nadie para el infierno. El cristiano no
puede ser fatalista.
2. Sino que crea a todos para que se salven, y quiere que todos se salven y da las gracias
para ello. El cristiano tampoco puede ser pesimista.
3. Pero «Dios que te creó sin tí, no te salvará sin tí» (San Agustín). Obremos la salvación
con temor y temblor.
4. La redención de Cristo, la intercesión de María, etc., etc., apoyan el optimismo del
cristiano. La alegría es el secreto del cristiano (Chesterton). La esperanza es una virtud
sobrenatural, necesaria al cristiano.
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