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Guía para padres y madres con hijos e hijas

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Guía para padres y madres con hijos e hijas
Y, LLEGÓ LA
ADOLESCENCIA
Guía para Padres y
Madres con hijos e
hijas adolescentes
Quiéreme cuando menos
me lo merezca,
que será cuando más
lo necesite
Edición: Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz
Dirección: Boni Cantero Sevilla
Coordinación: Begoña Vicinay Gil-García y
Sara Buesa Rodrígez, Servicio de Infancia y
Familia - Departamento de Intervención Social.
Mediadores: Gerardo Villar, Nerea Laucirica,
Mikel Abal
Diseño Y Maquetación: Bell Comunicación
Publicitaria
Traducción al Euskera: Servicio Municipal de
Euskera
Impresión y Encuadernación: MCC Graphics
D.L.:
L a adolescencia es una etapa difícil. Se trata de un momento de transición
entre la niñez y la edad adulta, en la que la principal tarea del/la adolescente
es encontrar su propia identidad y adquirir autonomía. Para conseguir esto, los
y las adolescentes tienen que empezar a separarse de las figuras paternas,
pero ésta no es tarea sencilla, puesto que, aunque ya no son niños, tampoco
son todavía adultos y aún no tienen la madurez suficiente para conseguirlo. Así,
el/la adolescente vive un conflicto interno entre la fuerte dependencia que aún
tiene de sus padres y el deseo y la necesidad de independencia. Esta lucha
interna se expresa a menudo en forma de peleas y conflictos, especialmente
con los padres, ya que constituyen para el adolescente ese pilar que tanto
necesitan pero del que desean desprenderse, una fuente de seguridad y a su
vez de rechazo.
De este modo, la convivencia con un hijo o hija adolescente no suele ser fácil.
Los que hasta entonces eran niños y niñas complacientes se muestran de
pronto vehementes y rebeldes. Cuestiones que anteriormente no suponían
ningún problema, tales como el uso del teléfono o el ordenador, los estudios,
los horarios de llegada a casa, la ropa, el manejo del dinero o las pequeñas
tareas domésticas, como hacer la cama y dejar ordenada la habitación,
comienzan a ser origen de verdaderas batallas o enfrentamientos.
Este cambio de actitud desconcierta muy a menudo a los padres, quienes no
saben muy bien cómo afrontar los conflictos permanentes con sus hijos/as.
Las estrategias que anteriormente utilizaban con ellos ya no funcionan y es
necesario adaptarse al nuevo momento evolutivo e ir modificando las normas
rígidas por límites más flexibles, negociados y acordados. Esto genera en los
padres sentimientos lógicos de inseguridad. Y es que resulta francamente
complicado encontrar el equilibrio entre mantener un control y una autoridad
sobre el/la adolescente y, al mismo tiempo, concederle progresivamente mayores
cotas de confianza y responsabilidad.
Esta Guía, ha sido realizada teniendo en cuenta las preocupaciones y el sentir
de los padres y madres de adolescentes que acuden al Programa Municipal
de Mediación Familiar, creado como recurso de apoyo a la familia por el
Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, a través del Servicio de Infancia y Familia del
Departamento de Intervención social, y que lleva en marcha desde el año 2001.
Con ella se pretende facilitar un instrumento de ayuda, útil y sencillo, a muchos
padres y madres cuyos hijos e hijas han iniciado recientemente la adolescencia
o ya llevan un tiempo en esta etapa.
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LA ADOLESCENCIA
REFLEXIONES SOBRE “El educar adolescentes”
A/ Es fundamental que padre y madre estén de
acuerdo en la forma de educar.
B/ La educación empieza en la infancia.
C/ Lo que funciona se mantiene, lo que no funciona se modifica.
D/ El elogio es un potente combustible para el motor de la acción.
E/ No abusemos de la “psicología inversa”.
F/ Comunicación.
G/ Disfrutar juntos.
H/ Límites, autoridad, sanciones, castigos…
reflexiones sobre “lo desagradable” del educar.
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ÍNDICE
3
LO QUE SI FUNCIONA CON LOS Y LAS
ADOLESCENTES
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LO QUE NO FUNCIONA CON LOS Y LAS
ADOLESCENTES
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DECÁLOGO DEL PROGRAMA MUNICIPAL DE
MEDIACIÓN FAMILIAR
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¿CÓMO PUEDE AYUDAR EL PROGRAMA DE
MEDIACIÓN FAMILIAR A LOS HIJOS E HIJAS
ADOLESCENTES?
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BIBLIOGRAFÍA
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LA
ADOLESCENCIA
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ener hijos o hijas es probablemente la decisión más importante que
pueden tomar las mujeres y los hombres. No es fácil, supone asumir
una responsabilidad que acompañará a los padres y madres a lo largo
de toda su vida. Vamos a destinar las siguientes páginas a cuestiones
relacionadas con la educación de los hijos e hijas, con las relaciones y
la comunicación entre padres-madres e hijos-hijas. Nos vamos centrar
en la etapa que más preocupación produce en los padres y madres: la
adolescencia.
Somos conscientes de que cada adolescente, cada familia, es un mundo
diferente y de que no sirven los consejos generales, pero también es
obligado reconocer que muchos padres y madres de adolescentes
comparten preocupaciones y dudas, y deben tomar decisiones similares
sobre aspectos relacionados con sus hijos e hijas. Nos gustaría que el
presente documento sirviera para ayudar a reflexionar sobre las dificultades,
pero también sobre los buenos momentos, que los hay y muchos, de
ayudar a crecer y madurar a nuestros hijos e hijas adolescentes.
Con la llegada de la adolescencia parece que no reconozcamos a nuestros
hijos e hijas. El niño o la niña de hace cuatro días al que teníamos que
ayudar, animar y consolar, aparece como alguien que toma sus propias
decisiones, que sale de casa y no sabemos qué hace o con quién anda,
se pasa horas hablando por teléfono o chateando en el ordenador. No
hace caso, y rechaza cualquier indicación que le hacemos. Los y las
adolescentes no son niños y niñas. Saben que tampoco son adultos,
pero quieren ser tratados como tales. De hecho lo que más les molesta,
el mayor insulto es llamarles “niño” o “niña”. El o la adolescente es
adolescente y no puede dejar de ser adolescente. No nos alarmemos,
la adolescencia tiene cosas buenas y gratificantes, y una de las tareas
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de los padres y madres
es buscarlas. Esta idea
queda reflejada de manera
precisa, optimista y
esperanzadora en el siguiente
relato de Álvaro Cunqueiro
(escritor gallego fallecido en 1981)
recogido en su libro “Tesoros y
otras Magias”.
“Esta es la historia en la que el hombre que
sabía que había un tesoro en un lugar llamado Penabranca y
no encontrando el sitio, compró una fanega de monte, y en la escritura
le puso Penabranca, y pedía a todos que le llamasen Penabranca al
lugar; y, pasados algunos años, cuando ya lo de Penabranca estaba en
todos y nadie le llamaba de otra forma, fue allí y encontró un tesoro. El
tesoro de Penabranca que el sabía que había en Penabranca”.
Puede parecer algo sin sentido, pero fue así. El tesoro está donde creemos
que está. La idea la vemos con más claridad cuando la invertimos. Si no
creemos que haya un tesoro no lo buscaremos y no lo encontraremos.
Es como si no existiera. Apliquemos el argumento a nuestras actitudes
como padres y madres.
Si pensamos que en nuestros hijos e hijas está escondido un tesoro, allí
lo buscaremos y con seguridad, lo encontraremos. Buscarlo es la tarea
que tenemos los padres y madres. La historia está basada en una actitud
optimista sobre lo que podemos encontrar. Si creemos que algo bueno
está ahí, conseguiremos que acabe apareciendo. Somos conscientes
de los problemas que, en ocasiones, aparecen en la adolescencia. De
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ellos vamos a hablar, pero también estamos seguros de que todo y toda
adolescente tiene algo bueno en su interior. A veces está oculto como
la cara oculta de la luna, pero estar está, y nuestra tarea es ayudarle a
que aflore. Que lo oculto se haga presente. Si no somos capaces de
encontrar por lo menos una característica buena en cada adolescente,
el problema está más en el observador que en el o en la joven.
Aunque la sola palabra “adolescencia” provoca en muchos padres y
madres una honda preocupación, como si estuviera obligatoriamente
ligada a “problemas”, la realidad es diferente y la mayoría de los y las
jóvenes pasan por la adolescencia sin demasiados conflictos. Como dice
el refrán “no es tan fiero el león como lo pintan”.
No podemos pasar por alto las ocasiones en que se producen conflictos
entre los progenitores y sus hijos e hijas adolescentes. La llegada de los
problemas, la incomprensión en la familia, las discusiones, los enfados…
cambian la cara de los adultos. Preocupación, dudas, pensar una y otra
vez las mismas cuestiones es algo cercano y conocido por muchos
padres y madres. Con la misma idea ¿qué han hecho mal para que la
situación familiar se haya deteriorado tanto?, porque parece que todos
los desvelos y cuidados que han hecho por sus hijos e hijas no hayan
servido para nada. Da la sensación de que no son importantes para sus
hijos e hijas, incluso que “molestan” cuando están frente a frente. Y
parece que en el resto de las casas no hay problemas, los demás han
sabido educar mejor. Pero no nos engañemos los padres y madres
perfectas no existen.
Por si lo anterior fuera poco, tenemos que indicar que los conflictos no
los viven de la misma forma los padres y madres que los hijos y las hijas
adolescentes. En general podemos decir que los problemas preocupan
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más a los adultos de la familia que
a los hijos e hijas. Por tanto,
aguantarán peor los problemas los
progenitores, los tendrán más tiempo
en la cabeza. Los y las adolescentes
tienen otras preocupaciones, hablan
con sus amigos y amigas de otros
temas y descansan la mente del
contenido del problema. Mientras
tanto el padre y la madre no se
pueden quitar del pensamiento
la última discusión que han
tenido con su hijo o hija.
Pero tengamos un poco de esperanza y alguna idea optimista al respecto.
Los problemas entre padres-madres e hijos-hijas siempre han existido
y el concepto, el cómo se entienden los problemas con los hijos e hijas
ha cambiado con el tiempo. Hasta hace algunos años eran considerados
como un síntoma de disfunción familiar, algo no funcionaba bien en las
familias que tenían conflictos con sus vástagos. Los padres y madres se
cuestionaban su manera de educar. Hoy en día las ideas han cambiado,
y un cierto nivel de conflicto intergeneracional se ha comprobado -para
desesperación de los padres y madres- que cumple un papel adaptativo
en el desarrollo de los hijos e hijas adolescentes y en el funcionamiento
familiar general (por lo menos cuando se les buscan soluciones adecuadas).
Es la forma en que los y las jóvenes tienen de aprender a resolver
problemas. Los conflictos intergeneracionales favorecen que los integrantes
de la familia toleren mejor las diferencias de opinión y que aprendan,
sobre todo los y las adolescentes, habilidades para resolver los conflictos
manteniendo la relación.
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Para ello, si la estabilidad familiar siempre es importante, en ningún
momento lo es más que cuando uno de los miembros de la familia es
adolescente. El equilibrio emocional, la templanza y la estabilidad que le
puede faltar al o a la adolescente, lo tiene que recibir de su familia, no
puede venirle ni de sus amigos, amigas o iguales, que están pasando
por lo mismo que él o que ella y que por tanto tienen el mismo nivel de
inestabilidad.
La adolescencia es un fenómeno bio-psico-sociológico del desarrollo y
crecimiento de todas las personas. Hace unos años era considerada
como “la edad del pavo” y venía a describir el momento que señala el
final de la niñez y preanuncia la edad adulta. Se trata de una transición
a todos los niveles:
• Cambios físicos, desarrollo corporal (fenómeno biológico conocido
como pubertad) en el que el cuerpo experimenta cambios, incluida
la maduración sexual.
• Los cambios físicos, en los que están implicadas diferentes
hormonas, provocan que aparezcan nuevas sensaciones,
emociones y sentimientos, en alta intensidad y variabilidad.
• Una serie de cambios psíquicos que acompañan a los cambios
corporales, entre los que destaca un desarrollo cualitativo de la
inteligencia.
• Cambios en las relaciones con los iguales. La amistad, la importancia
de los compañeros y compañeras es vivida de manera diferente
a como lo era hasta este momento. La amistad en los niños y
niñas está orientada a la actividad, a jugar. En la adolescencia
priman más las afinidades de personalidad. Aparecen los primeros
enamoramientos y parejas.
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El resultado de tanto cambio es una nueva manera de percibir el mundo,
su mundo, que comprende todo lo que le rodea, desde las relaciones
familiares, los amigos, el colegio… hasta cuestiones puntuales como el
salir por las noches, las normas, la paga, la ropa, etc.
Todo ello en un breve espacio de tiempo que hace que los padres y
madres tengan la sensación de no reconocer a sus hijos e hijas. Tampoco
es una etapa fácil para los y las jóvenes, ya no son niños o niñas y lo que
ayer hacían hoy les parece cosas de otros, se avergüenzan sólo de
recordarlo. Lo que hacen o pretender hacer no es comprendido, e incluso
es a veces rechazado, por sus progenitores. Aparecen los problemas
entre los y las jóvenes, que quieren ir rápido, y los padres y madres
empeñados en que tienen que hacer, según que cosas, más despacio.
Además, no podemos perder de vista que la adolescencia es una etapa
del desarrollo de la persona que se hace en grupo. La adolescencia es
una etapa muy influenciada por el grupo de iguales. Los amigos y las
amigas toman una gran importancia en la vida de los y las adolescentes.
La opinión de sus amigos y amigas, su aceptación, los juicios que les
den, los consejos que reciban tienen una enorme importancia. Es lógico
pensar que si alguien gana importancia otros la tienen que perder. Esos
otros son los padres y las madres. Lo que dicen ya no es, siempre, tenido
en cuenta. Las opiniones, indicaciones y deseos de los adultos de la
familia tienen que competir con los de los hijos e hijas y con los de sus
amigos y amigas.
Es fácil entender que la adolescencia sea para los padres y madres una
constante prueba de paciencia, templanza y comunicación. Pero también
tiene aspectos positivos, enseña nuevas formas de posicionarse ante
los problemas, muestra formas diferentes de entender el mundo, nuevas
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músicas, nuevos hábitos y formas de divertirse, en definitiva, una nueva
manera de entender la vida. Esto pertenece a lo bueno de la adolescencia.
Los padres y madres vemos lejana nuestra adolescencia, la recordamos
con más benevolencia que la de nuestros hijos e hijas. Nos parece que
lo que hacen ahora es más grave que lo que hacíamos, que los peligros
de la sociedad actual son mayores que los que había en nuestra juventud,
y sobre todo, la duda constante ¿estarán preparados para…?. Estos
pensamientos no dejan de ser intentos de los padres y madres por
proteger a sus hijos e hijas. Los adultos tienen la sensación de que sus
hijos e hijas “quieren andar en moto, sin saber andar en bicicleta”. Pero
hay un peligro, el excesivo proteccionismo impide que los y las adolescentes
alcancen su autonomía y frena su proceso de maduración. Ser
responsables, tomar decisiones y no equivocarse es imposible.
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De nuevo volvemos a la misma idea: nosotros éramos más maduros,
sabíamos mejor lo que queríamos, pensábamos más y mejor, por supuesto
también éramos más responsables a la vez que teníamos menos cosas,
y ni qué decir tiene que éramos más educados y respetuosos con los
adultos. En definitiva, que éramos maravillosos y encantadores. Esto
más que ser verdad es una cuestión de memoria, que es selectiva, y
recordamos lo bueno del pasado y tendemos a olvidar lo negativo.
Incluso, sin querer, modificamos lo que ocurrió y lo teñimos con un cierto
tono “rosa”.
Tengamos en cuenta que con la llegada de la adolescencia, el hijo o la
hija, continúa creando su identidad personal. El término identidad hace
referencia a la forma de ser, lo que le diferencia del resto de los chicos
y chicas, aquello que le hace único e irrepetible, y esto es algo digno de
celebrar por los padres y madres. El desarrollo de la identidad está muy
ligado a cómo se siente siendo como es, es decir, a la autoestima. La
opinión de los demás influye, y mucho, en la creación de la identidad
personal. Aunque en ocasiones parezca lo contrario, el adolescente y la
adolescente sienten una enorme necesidad de reconocimiento por parte
de los otros, también de los padres y madres, necesita ver reconocida
y aceptada su identidad por las personas que son significativas para él.
Es este reconocimiento y aceptación lo que asegura un concepto positivo
de sí mismo, una buena y equilibrada autoestima. Por tanto, algo a evitar
de manera absoluta es ridiculizar al o a la joven. Las descalificaciones y
críticas personales, no digamos si se realizan en público, son algo muy
desagradable, hiriente y que crea resentimiento en los y las adolescentes.
El y la adolescente están obligados a incorporarse al mundo de los
adultos, la adolescencia es una época de aprendizaje. Pero el mundo de
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los adultos asusta. Los cambios físicos, la apariencia, es la tarjeta de
presentación, y la sociedad es exigente y estricta con los mismos. Ser
juzgado y más rechazado son las cosas más temidas por los y las
adolescentes. Con la apariencia física, no se puede bromear. No cumplir
con las expectativas propias o ajenas se convierte en una tragedia.
Aunque en ocasiones parezca lo contrario, la adolescencia es una etapa
muy reflexiva, los y las adolescentes pasan parte de su tiempo
ensimismados en su habitación, como ausentes al resto de la familia,
“tumbados en su cama escuchando música”, para desesperación de
sus padres y madres. Necesitan intimidad. Tener paciencia infinita y estar
presentes para cuando quieran hablar puede ser una buena estrategia
en estos momentos. Algunos estudiosos del tema dicen que en la
adolescencia y a consecuencia de los cambios corporales se produce
un enorme gasto de energía, y disculpan a los y las jóvenes cuando se
pasan horas tumbados, diciendo que lo necesitan para recuperar fuerzas.
No nos olvidemos del puré emocional que se produce en la adolescencia,
hay muchas emociones y la intensidad con que se sienten nos recuerda
con quién vivimos. Están presentes emociones como la irritabilidad y a
veces su hermana mayor, la agresividad, pero también la tristeza y la
melancolía, a la vez que sus contrarias, la alegría exagerada, el optimismo
infantil, y todas aquellas que queramos nombrar. Se puede pasar de una
a otra con una rapidez que causa estupor a los padres y madres. Todo
ello forma parte del crecer y del madurar, de su entrenamiento personal.
La madurez va ligada a la autonomía y a la independencia, e indica el
grado en el que una persona descubre y va adquiriendo capacidades,
y es capaz de hacer uso de las mismas y de manejarlas durante su
proceso de crecimiento.
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REFLEXIONES
SOBRE
“El educar adolescentes”
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Estas son unas reflexiones sobre la labor de educar hijos e hijas, criarlos,
ayudarles, prepararles para que se puedan desenvolver de manera
autónoma, fomentar valores cívicos, fomentar autoestimas seguras y
personalidades firmes, y un largo etcétera de tareas que asumimos los
hombres y mujeres cuando decidimos ser padres y madres.
Es fácil entender que en muchas ocasiones escuchemos a padres y
madres, sobre todo cuando surgen dificultades, quejarse amargamente
manifestando que “educar es muy difícil”. No nos engañemos, educar
no es tan difícil. La mayoría de los padres y madres educan bien y lo
hacen con buen ánimo. Es largo y cansado, pero no difícil.
Educar es como descargar un camión de ladrillos sin grúa, dificultad
poca, pero esfuerzo y cansancio mucho. Aunque de manera un poco
frívola, recordemos que primeramente han sido niños o niñas y con
anterioridad bebés. Ahora que son adolescentes, no hemos terminado,
tenemos que seguir “estando con ellos y ellas” muchas horas. Lo de
“pocas pero de calidad”, no deja de ser una excusa bienintencionada
con el único problema de ser absolutamente mentira. Muchas horas,
algunas de calidad, otras de aburrimiento, pero todas de relación con
los hijos e hijas. Los vínculos emocionales, los sentimientos que unen
a los miembros de una familia, aquello que nos hace sentir como
pertenecientes a una familia y no a otra, se construyen a base de estar
juntos. Y en esto, por sí sólo, poco tiene que ver el libro de familia. La
genealogía tiene tanto que ver con los sentimientos de pertenencia como
la geología.
A la hora de educar partimos de la base de la necesidad de estar juntos,
de realizar actividades juntos, aunque sean en principio aparentemente
tan pasivas como ver la televisión juntos (siempre se comenta algo). Es
mejor discutir familiarmente por el canal a ver, y por la detentación del
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poder máximo frente a la televisión –quién tiene el mando-, a que el hijo
esté en otro lugar de la casa frente a otra televisión y que no sepamos
qué programa está viendo.
Son necesarias actividades de todo tipo: unas más agradables y sugerentes
a realizar en el tiempo libre, y otras más ingratas, pero también necesarias,
como estudiar, realizar tareas de casa o limpiezas variadas. Pero siempre
juntos, incluso cuando en la adolescencia los hijos e hijas tienden a
separarse de los padres y madres, algo positivo y necesario para su
desarrollo individual y perteneciente a su proceso de maduración y
autonomía. Siempre se deben buscar algunos momentos para estar en
familia juntos. Aprovechar las comidas de los fines de semana, tener
como hábito hacer algo juntos las mañanas de los domingos (cuando
el cruel clima invernal vitoriano lo permite), pueden ser algunas formas
de organizar el tiempo libre.
La tarea que los padres y madres tenemos por delante es lograr que
nuestros hijos e hijas crezcan sanos,
responsables y con buenos
sentimientos. Para ello tenemos
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que ofrecerles un hogar en que se sientan seguros e importantes. Lo
que quiere decir que se sientan escuchados, acogidos, valorados,
aceptados y amados.
A continuación, se exponen los criterios que pensamos que pueden
favorecer la educación de los y las jóvenes dentro de la familia. Antes de
comenzar con la concreción de ideas, es importante avisar o recordar
que las formas de actuar se pueden hacer bien o mal, y que tan importante
es hacer lo que se hace, como tener en cuenta el cómo lo hacemos. En
este sentido y como indica el Psiquiatra Infantil J.L. Pedreira Massa, la
educación de los hijos e hijas debe pivotar en torno a lo que él denomina
“las tres C”. A saber:
• Coherencia: No llevarnos la contraria a nosotros mismos, tener
siempre el mismo criterio.
• Consistencia: El sí es sí, y el no es no.
• Continuidad: Ser coherente y consistente de forma permanente.
Partiendo de la idea ya reiterada de que la mayoría de los y las adolescentes
no dan mayores problemas que las discrepancias normales dentro de
toda convivencia, y que por tanto, poco o nada diferente habrá que hacer
en la forma en que padres y madres educan, queremos reflexionar sobre
algunas cuestiones importantes:
A/ Es fundamental que padre y madre estén de acuerdo
en la forma de educar.
En más ocasiones de las deseadas nos encontramos en que padre y
madre, tienen discrepancias e incluso contradicciones en la manera de
educar a sus hijos e hijas. Desacuerdos en cuanto a la exigencia, los
castigos, la importancia de determinadas tareas y responsabilidades a
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asumir por los hijos e hijas adolescentes, son aprovechados por los y
las jóvenes para salirse por la tangente haciendo caso omiso a unos y
otros logrando desesperar a ambos progenitores.
Muchas veces las buenas ideas de padres y madres se anulan entre si,
restando su eficacia por estar en contradicción unas con otras. Y es que
la educación requiere una buena dosis de compenetración entre
progenitores. Muchas veces hay que tomar decisiones sobre la marcha
y sin poder consultarse previamente, lo que facilita la aparición de
discrepancias. Cuando esto ocurre es fundamental hablar del tema
cuando el o la adolescente no esté presente, mostrando siempre frente
a él o ella el mayor consenso posible.
B/ La Educación empieza en la infancia.
Se trata de algo obvio, pero recordemos que la educación empieza con
el nacimiento del niño o de la niña, y que en la adolescencia se recogen
muchas veces los frutos de lo realizado, sobre todo en cuanto a cantidad,
en la infancia. Como dice el misionero Jon Sobrino “todo lo bueno
empieza desde abajo”.
C/ Lo que funciona se mantiene, lo que no funciona se
modifica.
El ejemplo puede sonar a exagerado pero podemos decir que “llevamos
la televisión a arreglar cuando se estropea y no cuando funciona bien”,
Hagamos algo similar con nuestros hijos e hijas: cuando las cosas con
ellos funcionan de manera relativamente satisfactoria, sigamos haciendo
lo mismo.
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En ocasiones nos encontramos con adolescentes que tienen
comportamientos, actitudes, ideas… que reprobamos y rechazamos
frontalmente, contrarias a todo aquello que hemos venido enseñándoles
durante años. En estas situaciones nos parece que no podría haber
hecho algo que nos molestara más y cuando pedimos explicaciones al
respecto, nos encontramos o con un silencio sepulcral o con algún tipo
de respuesta tan simple, extraña y equivocada que tenemos la sensación
de estar participando sin saberlo en algún programa de cámara oculta.
Bueno, pues, aún en estos supuestos, no desesperemos, cojamos aire
y sigamos hablando, manteniendo la comunicación con nuestros hijos
e hijas, y a ser posible en un tono y volumen que no preocupe en exceso
a nuestros vecinos.
D/ El Elogio es un potente combustible para el motor de
la acción.
Recordemos que motor y motivación tienen la misma raíz etimológica,
que vienen del mismo sitio. La motivación es el motor para ponernos en
marcha, y es un incitador para llevar a cabo retos, esfuerzos, actividades…,
como estudiar, hacer deporte o encargarse de alguna de las tareas del
hogar. De hecho, estar motivado significa “tener ganas de hacer algo”
El elogio, el halago, favorece la motivación de los y las adolescentes para
que mantengan el esfuerzo durante periodos de tiempo más largos.
E/ No abusemos de la “Psicología Inversa”
Toda generalización es un camino a la injusticia, y con cierta frecuencia
algunos padres y madres tienden, ¿tendemos?, a decir lo que queremos
decir “en negativo”, buscando el remover la conciencia, picar el orgullo
de nuestro hijo o hija para que haga lo contrario a lo que le decimos,
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logrando que haga lo que en realidad queremos. Son frases del tipo “tu
sigue así, sin estudiar, que el día de mañana te irá bien”, con la intención
de que al escuchar tamaña originalidad de frase, el chico o la chica se
ponga a estudiar con un entusiasmo inusitado y desconocido hasta la
fecha, que nos hace sospechar de algún tipo de revelación divina.
Recordemos el viejo refrán que dice:
SE CAZAN MÁS MOSCAS CON UNA CUCHARADA DE MIEL,
QUE CON UN BARRIL DE VINAGRE
F/ Comunicación.
Educar hijos e hijas exige optimismo. En ocasiones ocurren situaciones
que desbordan a los padres y madres. Tenemos la sensación de que es
muy difícil. En realidad nos gusta pensar lo contrario, ya hemos dicho
que educar no nos parece difícil pero si tremendamente cansado.
Normalmente con cariño, escucha, unas dosis de paciencia y tiempo
suele ser suficiente.
El tiempo es escaso en la vida de hoy en día, es un bien escaso que
afecta tanto a los y las adolescentes como a los adultos. Tanto unos
como otros estamos llenos de obligaciones, actividades y responsabilidades
que hacen que pasemos muchas horas fuera de casa y que la
comunicación familiar se pueda realizar en menor medida de lo que nos
gustaría.
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Hablar con los hijos e hijas, sin agobiarles, pero
estando presentes en el día a día, enterados
de sus quehaceres cotidianos, de lo que les
gusta y de lo que les preocupa, parece una
buena opción a la hora de educar. Incluso
en aquellas situaciones de conflicto,
cuando aparecen los problemas, y
aunque tengamos la convicción de
que no se lo merecen, no podemos
“romper” la comunicación con
nuestros hijos e hijas adolescentes.
La razón es sencilla, para educar
se necesita alguien que
eduque y alguien a quien
educar, y esos papeles
ya están repartidos de
antemano., pero se hace
siempre a través de la
comunicación y si no
nos comunicamos es
como si no hubiera
adolescente que educar.
En ocasiones es el o la
adolescente quien se niega a
hablar con los progenitores o con quien vive,
los intentos de éstos son rechazados por los adolescentes, las
propuestas de hablar de los progenitores parecen producir desagrado
en los hijos e hijas. Paciencia, la adolescencia es una etapa muy reflexiva,
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el/la adolescente piensa en sus temas, necesita su tiempo, y ya
encontraremos momentos en que esté más dispuesto/a. Tales momentos
normalmente coinciden con aquellos ratos que están más contentos, de
mejor humor.
No obstante, no toda la responsabilidad de la educación de los
adolescentes es de los padres y madres. La educación es bidireccional
y los y las adolescentes tienen que poner de su parte. A veces, los padres
y madres no encuentran la forma de poder comunicarse con sus hijos
e hijas, y se culpabilizan por ello. No es justo, no podemos perder de
vista que educar se hace con personas que tienen voluntad y
responsabilidad, por tanto tienen que dejarse educar. Hay dos partes,
y la participación de ambas es necesaria: los adultos tener la intención
de educar, los y las adolescentes la voluntad de ser educados.
G/ Disfrutar juntos.
Sabemos que a veces es difícil hacer actividades o pasar algo de tiempo
fuera de casa con los hijos e hijas adolescentes. La sola idea de mostrarse
en público junto a sus padres y madres puede suponer para el o la
adolescente la mayor de las afrentas y puede ser respondida con un
desagradable bufido. Pero siempre hay algo que les interesa y a lo que
no se oponen con tanta intensidad, es cuestión de buscarlo y aprovecharlo.
De todas formas los padres y madres no debemos sentirnos ofendidos
por los rechazos de los hijos e hijas. Tenemos que entender que necesitan
alejarse de nosotros para poder crecer y volver con una relación más
madura.
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H/ Límites, autoridad, sanciones, castigos… reflexiones
sobre “lo desagradable” del educar.
A todos nos gusta más premiar, recompensar y elogiar, que corregir,
reprender y sancionar, pero educar también exige poner límites, reconducir
conductas y utilizar criterios de autoridad. Esto no siempre es así, vivimos
en una sociedad permisiva, en la que educamos a los niños y niñas en
sus derechos y olvidamos, a veces, sus obligaciones. Todo parece ser
relativo, pero tiene que haber valores, personales y sociales, que apuntalen
los principios educativos.
Queremos que nuestros hijos e hijas sean felices evitándoles problemas,
pero un ingrediente para lograr que sean felices estriba en que construyan
una buena percepción sobre sí mismos y sobre sus capacidades. La
famosa autoestima positiva, frente al autodesprecio negativo, conlleva
ser capaz de afrontar problemas y su resolución, para lo cual tienen que
ser capaces de aguantar la frustración (no todo siempre sale a la primera)
Aceptar y afrontar frustraciones forja una personalidad más segura y
equilibrada. Todo esto sin pretender educar a través de la frustración,
todo en su justa medida. Haciendo un símil con una ensalada, la frustración
sería el vinagre, no puede ser el componente principal de la ensalada
pero es imprescindible en la misma. La manera más fácil de que los
padres y madres podamos ayudarles a lograrlo es utilizando el NO. Sin
miedo, sin abusar… digamos NO.
Los criterios de los padres y madres tienen que ser más fuertes, más
firmes, que los impulsos y que los deseos de los y las adolescentes. En
este sentido, las normas familiares -reglas, límites y hábitos- son
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fundamentales ya que aportan seguridad, confianza y responsabilidad
a los y las jóvenes.
Queramos reconocerlo o no, la ausencia de normas y límites no produce
buenos resultados en educación. El exceso de “libertad” entendida como
“anomia” -sin normas- produce la angustia que empuja a muchos/as
adolescentes, como reacción, a buscar identidades monolíticas, rígidas,
ya sean éstas religiosas, políticas o sociales.
No podemos aceptar todo, tampoco conceder todo. No todo es permisible,
el relativismo infinito, la comprensión ilimitada, no pueden ser aceptados
a la hora de educar a hijos e hijas. Las sanciones, siempre que sean
compensadoras y reparadoras, son necesarias. No conviene abusar del
castigo, éste no puede ser excesivamente frecuente, ni durar periodos
muy largos. Siempre castigaremos los comportamientos, y así se lo
explicaremos, y nunca formas de ser y menos a las personas. Pero hay
una característica que debemos tener en cuenta: el castigo sólo funciona
si quien lo pone importa, es decir, es una persona importante para quien
recibe el castigo. Cuando perdemos importancia o el/la adolescente está
resentido/a o enfadado/a con nosotros, deberemos pensarnos su
utilización.
Los padres y las madres queremos que los hijos e hijas se preparen para
ser hombres y mujeres de éxito en el futuro. Los y las adolescentes
quieren ser adolescentes de éxito en el presente. Los adultos tenemos
una perspectiva temporal más amplia que los y las adolescentes, nos
damos cuenta de la trascendencia que tendrán para su futuro las
decisiones que toman en el presente. Nos preocupa su formación,
conocemos las exigencias y dificultades del mundo laboral y las propias
de la vida. Los y las adolescentes tienen otro punto de vista, les interesa
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lo inmediato, son optimistas, tal vez por su poca experiencia, respecto
al futuro. Creen que será generoso con ellos y ellas, y ya llegará. De
momento necesitan destacar ahora.
A veces, cuando hay problemas, nos empeñamos una y otra vez en la
misma solución, aunque ésta no funcione. Ponemos en marcha una
medida correctora, que no da los resultados apetecidos, y continuamos
haciéndola con mayor intensidad. En el equipo de mediación creemos
que no es una buena estrategia. Cuando algo no funciona tal vez debamos
replantearnos si no habrá alguna otra forma de solucionar el tema.
Solemos decir, “lo que no funciona no se repite, lo que sí funciona no se
toca”.
Al final, los padres y madres estamos empeñados en
lograr que nuestros hijos e hijas sean
autónomos, que puedan llevar
a cabo las responsabilidades
que les exigirá la sociedad
que les toca vivir, que sean
capaces de desenvolverse
en los diferentes aspectos
de la vida. En definitiva, el
objetivo último de la
educación de nuestros
hijos e hijas: que los
padres y las madres
seamos prescindibles.
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LO QUE SÍ
FUNCIONA
CON LOS Y LAS
ADOLESCENTES
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ablar, hablar y hablar. Aunque a veces creamos que no se lo merezcan
y estemos dolidos o decepcionados por su comportamiento, no rompamos
la comunicación con los hijos e hijas adolescentes. Los y las adolescentes
tienen “derecho” a equivocarse (o por lo menos es inevitable que se
equivoquen). La educación se realiza hablando y si perdemos la
comunicación, perdemos la capacidad de educar. Algunas pautas para
preparar el diálogo son:
• Buscar el momento y el lugar oportuno para hablar.
• Esperar a que todos estén en condiciones de hacerlo
• Utilizar formas y tonos adecuados.
• Concretar al máximo los acuerdos.
• Si no se cumplen, pedir explicaciones también de manera adecuada.
Elogiar, halagar. Pocas cosas recibimos mejor de los demás que el
reconocimiento por lo que hemos hecho, por nuestras capacidades, por
nuestros esfuerzos, por nuestros comportamientos,… Solamente desde
la percepción de cosas buenas en nuestros hijos e hijas podremos
solicitarles que se esfuercen en cambiar otros aspectos menos agradables.
Hagámosles que se sientan “importantes”, queridos. Podemos llamarles
la atención, reconducirles, recriminarles determinados comportamientos,
solo si son conscientes de que nos importan. Recordemos que el castigo
solo funciona si el que lo pone también importa.
Démosles la responsabilidad sobre su vida. “Responsabilidad” que en
muchas ocasiones será “tutelada”. Cuando los y las adolescentes sienten
que son responsables de sus actos, suelen funcionar mejor que cuando
sienten que están siendo excesivamente controlados. Quieren demostrar
que son capaces de hacer las cosas bien.
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Eduquemos en valores. Puede sonar a antiguo pero muchos de los
comportamientos que les pedimos están íntimamente ligados con valores
como la responsabilidad, el respeto, la solidaridad, el esfuerzo… Además,
y como están expuestos a diferentes informaciones, y no todas son ni
ciertas ni acertadas, desarrollaremos su espíritu
crítico, para que puedan “defenderse” y hacer
frente, a diferentes influencias negativas.
Vigilemos el Tiempo Libre. Puesto que la
Adolescencia es una etapa caracterizada por
la acción, facilitemos que participe en
diferentes grupos (culturales, deportivos, de
Tiempo Libre…), organizados y positivos.
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La adolescencia necesita de la flexibilidad de los padres y madresEn
muchas ocasiones los conflictos familiares están, si no originados, si
alentados por la poca o nula flexibilidad con la que nos comportamos
a la hora de relacionarnos con nuestros hijos e hijas.
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LO QUE NO
FUNCIONA
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ADOLESCENTES
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ntrar en discusiones, amenazas, enfados… que supongan un
empobrecimiento de las relaciones familiares. A veces, para lograr algo
o para corregir algún comportamiento, tenemos que hacer tanta presión,
subimos tanto la intensidad de la amenaza o del castigo, que ni el o la
adolescente queda a gusto, ni los padres y las madres satisfechos. Esto
conlleva:
• No utilizar malas formas o modos
• No dirigirnos a ellos y ellas con tonos fuertes.
• No utilizar el castigo de forma muy frecuente.
• No discutir en el momento del enfado
• No culpabilizar siempre al otro de los errores
• No sacar siempre lo negativo del otro, sin decirle que también
hace cosas bien.
Recompensar, pagar, por anticipado. Los regalos, los premios “bajo
promesa” de cambio, obtienen buenas palabras, crean ilusión en los
padres y madres pero, salvo milagro, ninguna modificación en el/la
adolescente. Después de la ilusión, llega la decepción. Los adultos tienen
la sensación de haber sido engañados. Las recompensas están bien
siempre y cuando se ajusten al esfuerzo realizado y que vayan a posteriori
de lo logrado.
Unido a lo anterior, están los “sobornos” o “el pago por dejar de hacer
algo”. Si lo hacemos, estamos perdidos. Le damos la idea al chico o a
la chica de que cuando quiera conseguir algo, no tiene más que hacer
algo mal, así como a “poner precio” a todas sus obligaciones.
Convertiremos nuestra casa en un mercado.
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“Flojear”, ser excesivamente
comprensivos con conductas
graves. No todo es negociable, y
no todas las conductas se pueden
relativizar. En ocasiones hay que
informar de lo mal hecho y de
lo que tendrá que hacer para
compensar el comportamiento
erróneo.
Asumir sus responsabilidades
como por ejemplo “llevarle al
colegio”, “estudiar por él/ella (con
él/ella)”. Llega un momento en
que el/la adolescente tiene que
aprender a llevar sus obligaciones
y responsabilidades a cabo, y no
las hará mientras estemos
asumiéndolas nosotros (a la vez
que asumimos, y les trasmitimos
la idea, de que ellos/ellas por sí
mismos no son capaces de
hacerlo).
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Creernos que lo sabemos todo. Como ya hemos
pasado por la adolescencia, podemos caer en
el error de pensar que todos los adolescentes
son iguales, sienten y piensan lo mismo que
lo que sentíamos y pensábamos a su edad.
Nada es más incierto, nadie es igual. Si
no lo tenemos en cuenta, sacaremos
conclusiones erróneas.
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DECÁLOGO
DEL PROGRAMA
DE MEDIACIÓN
FAMILIAR
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a Mediación Familiar es un procedimiento para resolver problemas
familiares con los hijos e hijas adolescentes, a través de los acuerdos y
ayudados por personas expertas, que son los mediadores y mediadoras.
A través del Proceso de Mediación, los integrantes de la familia recuperan
la competencia sobre el control de los problemas. Cuando los padres y
madres se ven desbordados por los problemas de relación, normas,
discusiones, etc., o si estan preocupados por el rumbo que llevan las
relaciones con sus hijos e hijas adolescentes, pueden acudir al Programa
de Mediación familiar.
El Programa de Mediación Familiar depende del Servicio de Infancia y
Familia del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, y es un Programa al servicio
de la ciudad, en el que se reúnen las familias con los y las mediadoras
para hablar de problemas de convivencia y buscarles solución. Sus
principales características son las siguientes:
1. Es un espacio confidencial. Todo lo que se hable y pase dentro
del Programa de Mediación Familiar queda dentro del Programa. Los
mediadores mantienen un escrupuloso secreto sobre todas aquellas
cuestiones que afecten a las familias con las que se reúnen.
2. Es un Programa gratuito. Se trata de un recurso que está a
disposición de las familias residentes en la ciudad, que pretende ser
extensivo a diferentes necesidades y características y que no tiene
coste económico alguno para las familias solicitantes.
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3. El Programa de Mediación Familiar tiene una duración máxima de
10 reuniones. Lo que no quiere decir que hayan de celebrarse dicho
número de reuniones. La máxima que acompaña al Programa es “las
menos reuniones posibles, pero tantas como sean necesarias”.
Se busca, el objetivo marcado, que no es otro que ayudar a las familias
a que recuperen su competencia familiar en el mínimo tiempo posible,
haciendo, por tanto, la mediación lo más corta y eficaz que se pueda.
4. Las características del Programa de Mediación Familiar permiten
“despejar un momento y un lugar” para hablar de problemas, educación,
normas, límites, pero también de responsabilidad, compromiso,
capacidades, valores... y de todo aquello que preocupe y quiera
hablar la familia. Las reuniones tienen una duración de 1h15m,
espaciadas semanalmente, con lo que se dispone de un número de
horas suficiente para hablar de todo aquello que sea necesario.
5. Es un lugar para desarrollar el
optimismo. Los oficios de
mediador y mediadora, pero
también los de padre y madre,
exigen optimismo. Lo anterior
nos lleva a creer que las
cosas, aún en los casos más
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desesperados, se pueden mejorar, a la vez que exige de la colaboración
e implicación en la búsqueda de soluciones positivas para la familia.
Las reuniones están orientadas a hablar de problemas y buscarles
solución.
6. Las reuniones se realizan con la presencia de dos mediadores, que
están para ayudar a la familia a hablar con tranquilidad y sosiego de
aquello que preocupe en cada momento a la familia. En muchas
ocasiones, cuando la comunicación familiar es difícil, hacerlo en
presencia de terceras personas, los y las mediadoras, facilita el poder
hablar.
7. Hay pocas reglas en el Programa de Mediación familiar, pero una
de ellas es fundamental, y no es otra que el respeto. El compromiso
de escuchar al otro, intentando entender a los demás, que no quiere
decir que haya que estar de acuerdo, aceptar ni compartir, los
razonamientos y explicaciones de los hijos e hijas, es fundamental
para poder buscar acuerdos familiares.
8. La Mediación Familiar no es un tipo de terapia. No se hacen por
tanto diagnósticos, ni interpretaciones sobre la familia. Son los propios
integrantes quienes deciden de qué se va a hablar y de qué no quieren
hacerlo. En Mediación Familiar no se buscan problemas ocultos ni se
intenta arreglar lo que no está roto. Se habla exclusivamente de aquello
que quiere hablar la familia.
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9. Para llegar a acuerdos se utiliza la negociación, pero solamente se
negocia aquello que quieran negociar los integrantes de la familia. No
se acuerda nada o sobre nada que no quieran negociar todos los
integrantes de la familia. Se trata de una negociación con límites:
No se negocia el respeto a los integrantes de la familia. El respeto no
tiene precio, por tanto no se puede negociar. Sin embargo, cuando
es necesario, se recuerda.
Tampoco se negocian, no se permiten, premios o recompensas caras
o desmedidas. Nadie puede esperar conseguir un ordenador nuevo,
una moto o el último modelo de MP-3 acudiendo a mediación. Se
buscan compromisos sobre responsabilidades y tareas propias, por
lo que las recompensas tienen que ser acordes a estas y no
excepcionales.
10. El Programa de Mediación Familiar es un método colaborativo.
Los mediadores y las mediadoras colaboran con la familia para buscar
soluciones, pero a la vez necesitan que los integrantes de la familia
colaboren entre sí, para ayudarse a conseguir los objetivos propuestos
para mejorar sus relaciones familiares.
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¿CÓMO
PUEDE AYUDAR
LA MEDIACIÓN FAMILIAR
A LOS HIJOS E HIJAS
ADOLESCENTES?
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reemos que la Mediación Familiar es un magnífico procedimiento para
enseñar a los y las adolescentes a solucionar las diferencias de la
convivencia y superar los conflictos familiares de manera dialogada.
De forma paralela, y al sentarse al mismo nivel junto a su padre y a su
madre, el o la adolescente escucha de manera más tranquila los motivos
por los que sus progenitores defienden sus posturas. Cuando hay
discusiones con los hijos e hijas, la primera que queda dañada es la
escucha. La Mediación Familiar ayuda a escuchar. Este es uno de los
objetivos prioritarios de la Mediación Familiar: facilitar que los miembros
de la familia se escuchen unos a otros.
La Mediación Familiar busca la responsabilización de los y las jóvenes
en aquellas tareas que les competen. Conocer derechos pero también
obligaciones, hacerse cargo de ellas y llevarlas adelante. No todo es
pedir a los padres y madres generosas concesiones, sino también ser
conscientes de que tienen capacidades y pueden hacer cosas que ofertar
y que interesan a sus progenitores. Se trata de ayudar a tomar posturas
activas en la convivencia familiar.
Entender los problemas familiares desde una nueva óptica, desde una
perspectiva diferente y más optimista. Cuando las personas estamos
excesivamente próximos a un problema, éste nos deslumbra, no nos
deja ver otras formas de entenderlo ni de solucionarlo. La Mediación
Familiar permite, con ayuda de los mediadores, una nueva perspectiva
de la situación, tomar un poco de distancia desde la que ver la situación
de otra manera. Pasar del conflicto como “ofensa personal”, al conflicto
como conflicto, pero recuperando las relaciones familiares, “discrepamos
pero nos queremos”.
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Buscar nuevas soluciones, no porque las intentadas sean ilógicas o
negativas, sino porque como no han funcionado, es necesario encontrar
otras, que igual no son mejores, pero sí que resulten más útiles a la familia
en ese momento concreto de la situación.
Los conflictos familiares pocas veces tienen que ver con la personalidad
de los padres y de las madres. Más bien parece que están más ligados
al hecho de que el adolescente o la adolescente tienen que separase de
los padres y de las madres. Si quieren tener su propia vida, tienen que
tomar sus propias decisiones y asumir sus responsabilidades, y para ello
tienen que alejarse de sus progenitores. Esto conlleva cambios en las
relaciones familiares, y los cambios a veces producen fricciones entre
los integrantes de la familia. Los padres y madres, aún con la mejor
intención, no pueden vivir la vida de los adolescentes, ni decidir todo
por ellos. En Mediación Familiar intentamos que los y las jóvenes sepan
independizase de los padres y madres, y no contra ellos.
42
BIBLIOGRAFÍA
7
Al ser la adolescencia un tema que interesa, a la vez que preocupa a los
padres y madres, incluimos algunos libros que de manera directa o
indirecta tratan el tema, están escritos en un lenguaje sencillo y fácil de
entender, y pueden resultar interesantes para quienes quieran saber más
sobre la adolescencia.
VALENTÍA
y la constancia que
le debe acompañar
Bayard, Jean y Bayard, Robert T. “¡Socorro! Tengo un hijo
adolescente”. Ed. Temas de Hoy.
Cassell, C. “Con toda sinceridad. Cómo hablar con tus hijos sobre
sexo”. Ed. Granica. Barcelona. 1987
43
Castillo Ceballos, Gerardo. “El Adolescente y sus retos”. Ed. Pirámide.
Madrid. 1999
Castillo Ceballos, Gerardo. “Claves para entender a mi hijo
adolescente”. Ed. Pirámide. Madrid. 2003
Elzo, Javier. “El silencio de los Adolescentes”. Ed. Temas de Hoy.
2000
Elzo, Javier. Jóvenes y Valores, la clave para la sociedad del futuro”.
Fundación La Caixa, Obra Social.
Elzo, Javier. “Los jóvenes y la felicidad”. Ed. Prenoción popular cristiana.
2006
Fleming, Don. “Cómo dejar de pelearse con su hijo adolescente.
Guía práctica para resolver los problemas cotidianos”. Ed. Paidos.
1992
Marina, José Antonio. “Aprender a vivir”. Ed. Ariel. Barcelona. 2004
Marina, José Antonio. “La Inteligencia fracasada. Teoría y práctica
de la estupidez”. Ed. Anagrama. Barcelona. 2004
Marina, José Antonio. “Anatomía del miedo. Un tratado sobre la
valentía”. Ed. Anagrama. Barcelona. 2004
Samalin, Nancy. “Con el cariño no basta. Cómo educar con eficacia”.
Ed. Ediciones Medici. 1997
Saz-Marín, Ana Isabel. “S.O.S. Adolescentes. (… y de repente llega
un día en el que no lo reconoces)”. Ed. Aguilar. Santillana de Ediciones
Generales S.L. Madrid. 2007.
Somers, L. y Somers, F. “Cómo hablar con tus hijos sobre el amor
y el sexo”. Ed. Paidos. Barcelona. 1990
Urra, Javier. “El Pequeño Dictador. Cuando los padres son las
víctimas”. Ed. La Esfera de los Libros. Madrid. 2006
44
Programa Municipal de Mediación Familiar
del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz.
Teléfono: 945 162 684 y 945 161 379
Calle Mateo Moraza, s/n.
01001 Vitoria-Gasteiz.
[email protected]
www.vitoria-gasteiz.org
El Programa de Mediación Familiar fue premiado en el año
2002 por la FEMP (Federación Española de Municipios y
Provincias) y UNICEF, en el II Certamen de Derechos de la
Infancia, en la categoría del Derecho de los niños y niñas
a un entorno familiar adecuado.
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