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PERO, ¿QUIÉN MATÓ A HARRY? (1955) EE.UU.

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PERO, ¿QUIÉN MATÓ A HARRY? (1955) EE.UU.
MARTES 28
21’30 h.
Aula Magna de la Facultad de Ciencias
PERO, ¿QUIÉN MATÓ A HARRY?
(1955)
EE.UU.
95 min.
Título Orig.- The trouble with Harry. Director.- Alfred Hitchcock. Argumento.- La novela
homónima de John Trevor Story. Guión.- John Michael Hayes. Fotografía.- Robert Burks
(Technicolor-Vistavision). Montaje.- Alma Macrorie. Música.- Bernard Herrmann. Canción.“Flaggin the train to Tuscaloosa”, letra de Mack David y música de Raymond Scott. Productor.Alfred Hitchcock. Producción.- Paramount. Intérpretes.- Edmund Gwenn (capitán Albert Miles),
John Forsythe (Sam Marlowe), Shirley McLaine (Jennifer), Mildred Natwick (señorita Gravely), Jerry
Mathers (Tony), Mildred Dunnock (sra. Wiggs), Royal Dano (Alfred Wiggs) v.o.s.e.
Música de sala:
Pero, ¿quién mató a Harry? (The trouble with Harry, 1955) de Alfred Hitchcock
Banda sonora original compuesta por Bernard Herrmann
In memoriam
JOHN FORSYTHE
(1918 – 2010)
“Yo a Hitchcock lo veo, biológicamente, más director de comedia que de otra cosa. Cuando vemos M
de Fritz Lang, que es un antecedente al suspense de Hitchcock, vemos una película sin sentido del
humor; en cambio, cuando vemos el cine de Hitchcock, no podemos dejar de ver lo humorístico ni por
un momento. Muchas escenas de sus películas podrían haber sido envidiadas por
el mismísimo Ernst Lubitsch”.
Luis García Berlanga
François Truffaut.- PERO, ¿QUIÉN MATÓ A HARRY? es un film un tanto sorprendente.
En París se estrenó en una salita de los Campos Elíseos, donde debía probar suerte durante una o dos
semanas, y la sala se llenó durante más de seis meses. Nunca he sabido con certeza si hacía reír a los
parisinos o a los turistas ingleses y americanos de paso en la ciudad, pero, según creo, en el resto del
mundo, no tuvo demasiado éxito.
Alfred Hitchcock.- En efecto. Fue un film que rodé con mucha libertad con un tema que yo
mismo elegí y, cuando estuvo terminado, nadie sabía qué hacer con él, cómo explotarlo. Era
demasiado especial, pero, para mí, no tenía nada de especial. Es una adaptación muy fiel de una
novela inglesa de Jack Trevor Story y, para mi gusto, estaba lleno de un humor muy rico; por ejemplo,
cuando el viejo Edmund Gwenn arrastra el cadáver por primera vez, la solterona le encuentra en el
bosque y le dice: “¿Tiene usted problemas, capitán?” Es una de las frases más divertidas y, en mi
opinión, supone como un resumen del espíritu de toda la historia.
Truffaut.- Me doy cuenta de que siente mucho cariño por este film.
Hitchcock.- Respondía a mi deseo de trabajar los contrastes, de luchar contra la tradición,
contra los clichés. En esta película saco el melodrama de la noche oscura para llevarlo a la luz del
día. Es como si presentara un asesinato a orillas de un riachuelo cantarín y soltara una gota de
sangre en su agua límpida. De estos contrastes surge un contrapunto, y quizá, incluso, una súbita
elevación de las cosas corrientes de la vida.
Truffaut.- En efecto, cuando filma cosas horribles o terribles, y que podrían transformarse en
sórdidas o mórbidas, hace las cosas de tal manera que nunca resulte fea. En general, es hasta muy
hermoso. Al final del film, un millonario da a cada personaje la oportunidad de pedir una cosa, un
regalo que se les ofrecerá como un deseo realizado; y no se sabe lo que han pedido Shirley MacLaine
y John Forsythe, pero sabemos que debe ser muy particular y, al final del todo, nos enteramos que se
trataba de una “cama para dos”. Eso no estaba en el libro, ¿no?
Hitchcock.- No, se le ocurrió a John Michael Hayes.
Truffaut.- Eso origina un pequeño suspense interrogativo que da particular interés al último
rollo del film, aunque no era, sin embargo, una historia de suspense.
Hitchcock.- Es el equivalente del “crescendo” o de la coda en mis otros films; eso mismo
existe también en los finales de Náufragos o La soga. PERO, ¿QUIÉN MATÓ A HARRY? era el primer film de Shirley MacLaine; estaba muy bien y creo que no se ha portado mal después. [también fue
la primera película en la que Hitchcock trabajaba con el compositor Bernard Herrmann]. El muchacho,
John Forsythe, se ha hecho muy popular en la televisión y es la estrella de uno de mis primeros
espectáculos de sesenta minutos.
Truffaut.- Todo el humor del film procede de un único mecanismo, siempre el mismo, una
especie de flema exagerada; se habla del cadáver como si se tratara de un paquete de cigarrillos.
Hitchcock.- Es el principio, y nada me divierte más que esa comicidad del “sobreentendido”.
Los fotogénicos bosques de Vermont en días de otoño coloreados por el gran Richard Mueller
son el marco donde se desarrolla PERO, ¿QUIÉN MATÓ A HARRY?, la película con la que Alfred
Hitchcock se despidió de la forma de entender el humor que le había caracterizado hasta entonces.
Sería un error considerar extravagantes o excéntricas a las personas que habitan alrededor de esos
bosques; habría que hablar, acaso, de unos seres que viven en estado de inocencia -extravagancia y
excentricidad conllevan un retorcimiento ajeno a los personajes-: un pintor, Sam Marlowe (John
Forsythe), quien, a pesar de no tener dinero (adquiere los paquetes de cigarrillos partiéndolos por la
mitad y los deja adeudados en su cuenta en la tienda), no muestra el menor entusiasmo ante la
oportunidad de poder vender sus cuadros; un viejo capitán de barco, Albert Wiles (Edmund Gwenn),
quien confiesa que sólo ha estado al frente de una barcaza y cuyo sueño consiste en llegar a cazar un
conejo durante sus incursiones por los bosques; una joven, Jennifer (Shirley MacLaine), que vive sola
con su hijo Tony (Jerry Mathers), ambos entregados a una peculiarísima consideración del tiempo que
hace pensar en Lewis Carroll y a la que sus vecinos descubren casada con un individuo que aparece
muerto (el Harry del título); la solterona miss Gravelyn (Mildred Natwick), experta en preparar bollos
con arándanos, quien decide flirtear con el viejo capitán; la poco práctica propietaria de la tienda, mrs.
Wiggs (Mildred Dunnock); su hijo, Alfred (Royal Dano), nada vivaz ayudante del sheriff; y el dr.
Greenbow (Dwight Marfield), aficionado a leer mientras pasea por el bosque, sin saber dónde pone los
pies ni con qué o con quién tropieza. No hay en ellos ni un asomo de maldad o retorcimiento. Su forma
de vida y su pensamiento son tan nítidos como el paisaje que los rodea. Si deciden enterrar o
desenterrar al muerto lo hacen en un estado de inocencia natural, con la misma perezosa placidez con
que se mueven por el bosque, preparan meriendas con café y bollos de arándanos, adquieren pitillos
rotos, ignoran a un millonario que desea comprar cuadros mientras prestan, a cambio, toda su atención
a un corte de pelo femenino, o se sientan a conversar en los porches o en los cuartos de estar
olvidándose de que sobre ellos pesa la molesta presencia de un cadáver. Pero en ese paisaje, que en las
primeras imágenes se presenta con aire idílico (hasta el momento en que Tony descubre el cadáver de
Harry), hay dos intrusos: Alfred Hitchcock y Harry; la irónica mirada del primero es determinante
para la atmósfera y el tono del film (tan absurdas son las situaciones creadas por la presencia del
cadáver como los personajes que lo rodean); el segundo, cuyas apariciones escénicas en postura
horizontal (a excepción de su paso por la bañera de la casa de Jennifer) están bien calculadas, cumple
con su papel de cadáver del que casi todos se sienten responsables, sea porque creen que han disparado
su escopeta contra él, o porque le han golpeado en la frente con la punta del tacón de su zapato. El
viejo capitán y su otoñal enamorada, la joven madre y el pintor se dedican a enterrar y desenterrar
sucesivamente a Harry, en tanto aprovechan para charlar en unos términos de perpleja inocencia de los
que se excluye cualquier noción de culpa, por más que la invoquen con la boca cerrada, entre caladas
de cigarrillos, sorbos de café, declaraciones de amor y degustaciones de bollos (es, sin duda, la mayor
ironía de Hitchcock, quien para entonces ya estaba siendo considerado el cineasta del sentimiento de
culpabilidad). El ridículo cadáver de Harry, de quien a menudo se muestran sólo sus pies, sea con
zapatos o sin ellos, no desentona aliado del grupo de sepultureros y resurreccionistas que viven su
plácida existencia en el paisaje otoñal de Vermont, rodeados de hayas y sicomoros.
En lo sucesivo, y con la única salvedad de Con la muerte en los talones, el humor de
Hitchcock se haría más ácido e hiriente, hasta alcanzar su mayor grado en las corrosivas Topaz y
Frenesí. Baste un ejemplo: la pasmosa tranquilidad con que Sam Marlowe echa por tierra las
sospechas de Alfred Wiggs transformando en cuestión de pocos segundos su retrato de Harry muerto
en otro de Harry vivo; los ojos cerrados de un muerto se convierten en los ojos abiertos de un vivo por
obra de un personaje que, como todos los del film, mantiene una curiosa relación con la realidad.
Textos (extractos):
Carlos Cañeque & Maite Grau, ¡Bienvenido, Mr. Berlanga!, Ediciones Destino, 1993
François Truffaut, El cine según Hitchcock, Alianza, 1985.
José María Latorre, Dossier “La comedia americana: Pero, ¿quién mató a Harry?”,
rev. Dirigido, mayo 2003.
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