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una perra cara - ALEJANDRIA DIGITAL
Antón Chéjov
(Ucrania, 1860 - Alemania, 1904)
UNA PERRA CARA
Texto convertido al formato PDF para su mayor difusión internacional
por “Alejandría Digital”
www.alejandriadigital.com
EL MADURO OFICIAL de infantería Dubov y el voluntario Knaps,
sentados uno junto a otro, bebían unas copas.
—¡Magnífico perro!... —decía Dubov mostrando a Knaps a su
perro Milka—. ¡Un perro extraordinario!... ¡Fíjese, fíjese bien en
el morro que tiene!... ¡Lo que valdrá sólo el morro!... Si lo viera
un aficionado, tan sólo por el morro pagaría doscientos rublos.
¿No lo cree usted?... Si es así, es que no entiende nada de esto.
—Sí que entiendo, pero...
—Es setter. ¡Setter inglés de pura raza! Para el acecho es
asombroso, y como olfato... ¡Dios mío!... ¡Qué olfato el suyo! ¿
Sabe cuánto pagué por mi Milka cuando no era más que un
cachorro?... ¡Cien rublos! ¡Soberbio perro! ¡Ven acá..., Milka
bribón, Milka bonito!... ¡Ven acá, perrito..., chuchito mío... !
Dubov atrajo a Milka hacia sí y le besó entre las orejas. A sus
ojos asomaban lágrimas.
—¡No te entregaré a nadie..., hermoso mío..., tunante!
¿Verdad que me quieres, Milka? Me quieres..., ¿no? Bueno,
¡márchate ya! —exclamó de pronto el teniente—. ¡Me has puesto
las patas sucias en el uniforme! ¡Pues sí, Knaps!... ¡Ciento
cincuenta rublos pagué por el cachorro! ¡Desde luego ya se ve
que los vale! ¡Lo único que siento es no tener tiempo para ir de
caza! ¡Y un perro sin hacer nada se muere!... ¡Le falta... sobre qué
utilizar la inteligencia!... ¡Cómpremelo, Knaps! ¡Me lo agradecerá
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usted toda la vida! Si no dispone de mucho dinero, se lo dejaré
por la mitad de su precio... ¡Lléveselo por cincuenta rublos!...
¡Róbeme ... !
—No, querido —suspiró Knaps—. Si su Milka hubiera sido
macho—, quizá lo comprara, pero...
—¿Que Milka no es macho? —se asombró el teniente—. Pero
¿qué está usted diciendo, Knaps?... ¿Que Milka no es macho? ¡Ja,
ja!... Entonces, ¿qué es según usted? ¿Perra? ¡Ja, ja!... ¡Qué
chiquillo! Todavía no sabe distinguir un perro de una perra!
—Me está usted hablando como si yo fuera ciego o una
criatura —se ofendió Knaps—. ¡Claro que es perra!
—¡A lo mejor también le parece a usted que yo soy una
señora!... ¡Vaya,vaya.... Knaps! —¡Y decir que ha cursado usted
estudios técnicos!... No, alma mía. Este es un auténtico perro de
pura casta. ¡Es capaz de dar ciento y raya a cualquier otro perro,
y usted me sale con que no es perro! ¡Ja, ja... !
—Perdóneme, Mijail Ivanovich, pero me toma usted
sencillamente por tonto. ¡Hasta me ofende!
—Bueno, bueno... Pues nada, entonces... No lo compre si no
quiere... ¡A usted es imposible hacerle comprender nada! ¡Pronto
empezará usted a decir. que en vez de rabo tiene una pata!... Pero
nada ... ¡A usted es a quien quería yo hacer el favor! ¡Vajrameev!
... ¡Trae coñac!
El ordenanza trajo más coñac. Los dos amigos llenaron sus
vasos y quedaron pensativos. Transcurrió media hora en silencio.
—¡Y después de todo..., vamos a suponer que fuera perra!... —
interrumpió el silencio el teniente mirando sombrío la botella—.
¿Qué importancia tendría eso?... ¡Mejor para usted!... Le daría
cachorros, cada cachorro no valdría menos de veinticinco rublos.
¡Se los compraría cualquiera, encantado! ¡No sé por qué le
gustan tanto los perros! ¡Son mil veces mejor las perras! El
género femenino es más adicto y más agradecido... Pero bueno,
en fin..., si tanto miedo tiene usted al género femenino, ¡quédese
con ella en veinticinco rublos!
—No, querido. No le pienso dar ni una kopeka. En primer
lugar, no necesito perro, y, en segundo, no tengo dinero.
—Eso podía usted haberlo dicho antes... ¡Milka! ¡Largo de
aquí!
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El ordenanza sirvió una tortilla. Los amigos se pusieron a
comerla y la terminaron en silencio.
—¡Es usted un buen muchacho, Knaps! ¡Un muchacho cabal!
—dijo el teniente, limpiándose los labios—. ¡Qué diablos! ¡Me da
lástima dejarle así! ¿Sabe usted una cosa?... ¡Llévese la perra
gratis!
—Pero ¿para qué la quiero yo, querido? —dijo Knaps con un
suspiro—. Y además, ¿quién me la iba a cuidar?
—¡Bueno, pues nada, entonces!..., ¡nada!.... ¡qué diablos!
¿Que no la quiere usted?... ¡Pues no se la lleva! Pero ¿adónde va
usted?... ¡Quédese un ratito más!
Knaps se levantó desperezándose y cogió su gorro.
—Ya es hora de marchar. Adiós —dijo, bostezando.
—Espere, entonces. Le acompañaré.
Dubov y Knaps se pusieron los abrigos y salieron a la calle.
Anduvieron en silencio los cien primeros pasos.
—¿No se le ocurre a quién podría yo dar la perra? ¿No tiene
usted a nadie entre sus conocidos...? La perra, como ha visto
usted, es bonísima..., y de raza..., pero yo no la necesito para
nada.
—No se me ocurre, querido. En realidad, ¿qué conocimientos
tengo yo aquí?...
Hasta llegar a la misma casa de Knaps, caminaron los amigos
sin pronunciar palabra. Sólo cuando al abrir la puerta de la verja
Knaps estrechó la mano a Dubov, éste tosió y con alguna
vacilación dijo:
—¿Sabe usted si los perreros de la localidad aceptan perros?
—Es posible que los acepten, pero con seguridad no se lo
puedo decir.
—Mañana la mandaré allá con Vajrameev. ¡Al diablo con la
perra! Por mí, que la desuellen..., ¡maldita, asquerosa perra! ¡Por
si fuera poco que ensucie las habitaciones, ayer en la cocina se
zampó toda la carne!... ¡Canalla! ¡Y si siquiera fuera de buena
raza!... ¡Pero no es más que una mezcla de perro callejero y de
cerdo! ¡Buenas noches!
—Adiós —dijo Knaps.
La puerta de la verja se cerró y el teniente quedó solo.
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