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Devenir Perra- reseña

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Devenir Perra- reseña
RESEÑA DE DEVENIR PERRA
[ZIGA, Itziar. (2009). Devenir perra. Barcelona: Melusina]
Natalia Martínez Prado
Feminista. Becaria CONICET, CIFFyH-UNC.
Doctoranda en Ciencia Política, CEA, UNC.
[email protected]
María Celeste Bianciotti
Feminista. Becaria CONICET, CIECS-CONICET-UNC.
Doctoranda en Ciencias Sociales, UBA.
[email protected]
Devenir perra emerge de las condiciones de posibilidad habilitadas por el
feminismo postestructuralista y la teoría queer. Se ubica allí donde la teoría y la
política (post)feminista y queer se intersectan y enriquecen mutuamente, hasta
confundir los propios límites de sus territorios que son, cada vez más, uno solo y el
mismo.
Sin embargo, no esperemos encontrar en esta obra una discusión sobre
antecedentes
teóricos
o supuestos
epistemológicos
desde
una narrativa
académica, ni nada por el estilo. La propia autora lo advierte desde un comienzo:
esta obra no pretende legitimarse “con la más mínima validez sociológica ni
antropológica”; su metodología “es la pasión, la euforia y la rabia. Este libro es un
ejercicio de visibilización lúdica y política, punto” (Ziga, 2009:25). Ahora bien, que
no esté escrito desde los círculos legitimados de la academia feminista no debilita
la fuerza y legitimidad de sus argumentos; al contrario: las tesis sostenidas
desestabilizan y revitalizan tanto a la academia y al activismo (post)feministas
como a la sociedad en su conjunto.
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En efecto, la ópera prima de Ziga constituye una crítica potente a la
misoginia de la que parecen no salvarse ni siquiera ciudades del llamado “primer
mundo” como las del País Vasco -de donde proviene la autora-, o Barcelona donde la autora gesta el libro, vive y milita desde hace más de diez años. Pero
Devenir perra es, también, una provocación, una bomba política disparada hacia
un feminismo “recatado” (blanco, heterosexual y de clase media), una provocación
sostenida por una ética estético-política construida a partir de un conjunto de
elementos diversos. El primero de ellos es, justamente, ese feminismo discutido en
cada página de la publicación. Un feminismo que abrió la puerta a la crítica de la
feminidad aprehendida e inventó herramientas para enfrentar al heteropatriarcado.
El segundo conjunto de elementos está constituido por los aprendizajes
incorporados a partir de las alianzas con, lo que la autora llama, “el mundo marica”
a partir del cual ella y su “manada de perras” descubrieron y eligieron -como modo
estético-político de su propio activismo- una feminidad fuertemente proscrita.
Articulando en manada
A pesar de que Devenir perra se escribe en primera persona, no es un libro que
Ziga haya escrito sola. Hablan, conversan, gritan y se muestran aquí, mujeres,
bolleras, travestis, indecisas, mutantes. La publicación va introduciendo extractos
de entrevistas hechas por la autora con fotos y anécdotas, las cuales acompañan
los debates teórico-políticos que levanta y sostiene en cada apartado. Itziar Ziga y
sus amigas perras se atreven a ocupar una tierra de nadie: aquel espacio en el que
confluyen una puesta en escena “hiperfemenina putón y [un] posicionamiento
antipatriarcal” (2009:56). La ocupación de ese territorio que se hace propio se
muestra en este libro de forma colectiva. En este sentido, Ziga va mostrando la
manera en que las perras de su libro miraron con desconfianza el “disfraz de
putillas” colgado en sus armarios eligiendo ser, en principio, “aprendices de
camioneras”, pero lanzándose, al fin, hacia una feminidad deseada, construida
personal y políticamente.
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Desde este lugar, argumenta que el movimiento feminista hegemónico
occidental ha juzgado erróneamente la feminidad paródica de maricas, travestis y
transexuales y, por eso, ha desaprovechado el aprendizaje y la incorporación de
formas potentes de desmantelar -desde otro lugar y con otras herramientas- al
subyugante sistema de sexo/género/deseo contra el que tanto batalla: “[Las
feministas] han desaprovechado la oportunidad de aprender de [maricas y
travestis] cómo desmontar desde otro frente el género mujer [y] han perdido a unas
aliadas políticas muy poderosas y tenaces” (Ziga, 2009:83).
En este contexto, la autora confiesa que hay una sospecha que la asalta
diariamente: aquella que se refiere a la existencia de una herencia cristianacomunista en ciertos feminismos que aplauden “el sacrificio y la renuncia como
pasaportes hacia la liberación de las mujeres” (Ziga, 2009:90). A estos
posicionamientos se niega y se enfrenta Ziga. Ella y sus amigas perras coinciden y
están decididas a construirse desde el placer y, en ese marco, han elegido devenir
perras, performar una feminidad “recargada de purpurina, hortera, descarada, no
sutil, una feminidad de puta” (2009:81). Esta operación político-identitaria aparece
como uno de los puntos centrales del libro porque implica una “resignificación de la
injuria”, en términos de Judith Butler (2002). En efecto, así como el término queer
operó como una práctica lingüística cuyo objetivo era avergonzar y excluir al sujeto
que nombraba, produciéndolo como sujeto abyecto, el término “puta”, “perra” o
“zorra” -reivindicado por Ziga- ha corrido la misma suerte: ha designado y
producido una feminidad fuertemente sancionada, marginal, vergonzosa. Y, de la
misma manera que el término queer es hoy “un sitio de oposición colectiva” (Butler,
2002:318), la autora de Devenir perra propone y muestra cómo una hiperfeminidad
paródica, “putona” y “de rimel corrido” (Ziga, 2009:25) puede (e intenta sin cesar)
convertirse en una categoría identitaria potente en la lucha contra la
heteronormatividad.
Una versión putona de la feminidad se esgrime “como estrategia de lucha
guerrillera [como] una forma de resistir frente a las construcciones normativas de
género, clase, sexualidad o pertenencia nacional” (Preciado y Despentes, 2009:8220
9). A la vez que se disputa como un modo viable de activismo feminista dentro de
un movimiento en el que, afortunadamente, se encuentran en constante debate las
categorías e identificaciones teórico-políticas que lo constituyen.
A mí me pierde la purpurina
Lo que nos comparte Itziar Ziga en la primer parte de su libro -particularmente en
“Me gusta ser una zorra: la construcción desde el placer” y “Ésa no soy yo:
impostando el feminismo y la feminidad”- es el punto de partida de su publicación,
sus preguntas iniciales y su tema de investigación y preocupación política: la
feminidad paródica, hiperbólica: “la feminidad exaltada que se [reproduce] en [su]
entorno de feministas, maricas, bolleras, transexuales, travestis, heteroinsumisas
(…)” (Ziga, 2009:23). Efectivamente, como uno de los principales objetivos de su
publicación, se encuentra el de visibilizar una “feminidad guarra”, una cierta
estética del cuerpo propio que deviene tal con el objetivo político de desestabilizar
el marco binario del género de la matriz de inteligibilidad heteronormativa. Se trata
de feminidades zorras encarnadas en sujetos diversos: en cuerpos con “coños”
hechos carne en el vientre de la madre o en una mesa de operaciones de
reasignación de sexo; con “pollas” hechas carne también en un útero materno o
con “pollas” de silicona (con dildos, con prótesis) siempre preparadas para dardarse placer. Lo que se presenta, en definitiva, es una feminidad desencializada,
desmarcada del cuerpo biológico de “la mujer” y reinscripta en subjetividades
móviles, siempre incompletas, a las que podríamos entender, con Judith Butler,
como una “estructura en formación” (Butler, 2001:21); lo que indica que las
personas nos identificamos con las feminidades y/o masculinidades, vengamos del
diagnóstico médico del que vengamos…
Por otra parte, como la misma autora señala en reiteradas ocasiones, su
obra supone la presentación de un profundo deseo y de una intuición. El deseo
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muy íntimo por el brillo, los tacones altos, las medias de red y la boa de plumas resignados debido a las contradicciones generadas por su posicionamiento político
feminista, en el marco de su activismo en un movimiento sumamente crítico
respecto de la construcción socio-cultural del cuerpo de las mujeres como
“mercancía” y, por eso, de estética austera. Por otra parte, el libro se esgrime a
partir de una intuición -que deviene, luego, en certeza- de que una exhibición
hiperbólica de la feminidad puede mostrar -por medio y a través de su
exageración- la “situación fundamentalmente fantasmática [del género]” (Butler,
2007:285), así como lo hace la estética de la lesbiana butch o de la travesti aunque ello no signifique, por supuesto, estar “día y noche por ahí eternamente
maquillada y divina” (Ziga, 2009:27). En este sentido, la “feminidad impostora” y el
“glamour del todo a cien” (versión española de nuestro “todo por dos pesos”)
también serían una “forma de resistencia anticapitalista”, porque, además de que
“el feminismo sin perspectiva de clase es blanco y burgués” (Ziga, 2009:30),
“cuando no te llega el dinero ni para comenzar el mes (…) tropezarte con una boa
de plumas despelujada por la calle es como una señal divina. Te la enredas en el
pelo a modo de corona bastarda y elevas la barbilla en medio de la noche” (Ziga,
2009:87).
Este tipo de prácticas de resistencia al modelo capitalista a partir de una
crítica al consumismo viene siendo asumida por diversos colectivos socio-políticos
ligados, especialmente, al movimiento okupa. Ahora bien, cabría preguntarse, en el
marco de sus propias vidas en ciudades como Barcelona: ¿puede una estética
guarra y hortera constituirse por sí misma en una resistencia anticapitalista?,
¿cómo se articulan este tipo de prácticas estético-políticas con otras formas de
resistencia? Desafortunadamente, la autora no da cuenta satisfactoriamente de
estas cuestiones, y, por ello, en ocasiones parecería que corre el riesgo de
reproducir sólo una pose, limitada en sus posibilidades de transformación.
Lo que sí queda claro es que Itziar Ziga entiende la feminidad y la
masculinidad como dos polos de adoctrinamiento masivo y sostiene que el
heteropatriarcado fracasa estrepitosamente en esa operación porque ha leído a las
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feministas postestructuralistas y ha comprendido, parafraseando a Butler, que el
género es una copia sin original. Sabe que no existe un solo ser humano que
“recree su identidad o performe su género sin cortocircuitos, sin extravíos, sin
miedos, sin renuncias” (Ziga, 2009:48), y también sabe que “es imposible
construirse al margen de la mirada masculina hegemónica” (Ziga, 2009:67). Aún
así, da cuenta de la posibilidad de un proceso de feminización extravangante e
insumiso, devenido no sin contradicciones y angustias, pero tampoco sin placer:
“cuando una sale a la calle embutida en licra trepadora y ha mamado tanto de la
teta del feminismo encarna una paradoja, vive en ella. Este libro pende de la
misma cuerda floja político-estética” (Ziga, 2009:48).
Sobre santas y anoréxicas rebeldes…
Ziga aborda los ejes de debate más incómodos para el movimiento feminista
ampliado pero se mete, también, a discutir los temas de agenda de la sociedad
contemporánea y a rebatir cuestiones centrales en torno a ellos. Uno de estos
temas es la cuestión de la anorexia nerviosa, flagelo que, a simple vista, es
producto de nuestras sociedades capitalistas.
En “Perlas ensangrentadas: manada frente a la violencia” rememora las
historias de un conjunto de mujeres -medievales en su mayoría- que pasaron a la
historia, no a la oficial, sino a aquella que aún se divulga de boca en boca y a la
que se accede por medio de alguna compañera que, solidariamente, nos presta o
regala algún libro, en principio, extraño. Itziar Ziga hace de mediadora entre
nosotras y mujeres como Santa Águeda quien le sirvió a su padre sus propios
senos en bandeja como rechazo a un matrimonio obligado que ella no deseaba; o
con Santa Liberata -conocida también como Santa Wilgefortis-, hija de un rey de
Portugal que quería casarla con un príncipe extranjero y que, como negativa, llevó
adelante un ayuno feroz a partir del cual su menstruación se interrumpió y le brotó
una espesa barba producto del descenso de estrógenos suprarrenales provocados
por su inanición. Santa Liberata fue condenada a la crucifixión por no posponer su
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proyecto rebelde. Murió virgen y desobediente. A ella se encomiendan hasta
nuestros días millares de mujeres europeas que intentan liberarse del acoso
patriarcal.
A partir de estas historias la autora retoma el tema de la anorexia con su
característico perfil provocador. La anorexia nerviosa es una enfermedad femenina
y cristiana, afirma con Paloma Gómez (psiquiatra feminista española) y llama la
atención respecto de que las mujeres musulmanas, judías, japonesas, no padecen
este flagelo. Lo que está insinuando Ziga es que la base de este trastorno de la
alimentación no necesariamente se encuentra -o no de forma exclusiva- en la
incorporación de un canon de belleza escuálida que las adolescentes y jóvenes
pretenden alcanzar a toda costa, rechazando que “la anoréxica de nuestros días
[sea] (…) una cabezota que deja de comer para emular a las top models”
(2009:63). Sostiene que a lo largo de la historia de la humanidad miles de jóvenes
se rebelaron a un matrimonio impuesto -o a un proyecto de vida prescrito socioculturalmente que no les convencía- mediante el sistema de dejar de comer.
La bulímica, nos dice Itziar Ziga, de la mano de las investigaciones de
Gómez, puede casarse y hasta tener hijos, la anoréxica jamás… Y se pregunta,
así: si la época de mayor esplendor de este trastorno fue la Inglaterra victoriana del
Siglo XIX donde el canon de belleza ensalzaba las carnes, “¿qué cuento nos
estamos tragando?” (2009:64).
Ahora bien, aún acordando con Ziga en que los lugares comunes de
comprensión de la anorexia desde el feminismo suelen ubicarla como un síntoma
de la dominación heteropatriarcal, consideramos necesario señalar que no pueden
dejarse de lado las narrativas sociales -sostenidas, especialmente, por los
discursos mediáticos (pornografía, series televisivas, revistas femeninas, etc.)- que
promueven y prescriben un cuerpo eternamente joven y delgado (Ferrer, 2004).
En la piel de una puta
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Otra de las cuestiones en las que Ziga interviene polémica y enérgicamente es en
la de la prostitución/trabajo sexual. Comprometida en el combate de lo que
denomina “putafobia de las mujeres decentes”, señala -en palabras de Gail, una de
sus perras entrevistadas- que “las esposas y las putas son los prototipos
respectivamente legítimo e ilegítimo de la condición femenina común” (Ziga,
2009:100), y que las primeras deberían “mirarse en ese espejo [antes que
aferrase] a su exiguo privilegio de esclavas legítimas” (2009:101). De esta manera,
se enfurece ante los argumentos más esgrimidos en contra de la prostitución: la
inmoralidad y la denuncia de la violencia contra las putas. En principio, porque el
argumento de ‘la mujer decente’ se inscribe en el orden patriarcal al invisibilizar
uno de los principales condicionamientos de la condición femenina: “la incapacidad
de autonombrarse” (2009:98). Por otra parte, frente al argumento de que las
trabajadoras sexuales son sumamente vulnerables a la violencia machista, la
autora responde en tono provocador: “una trabajadora sexual autónoma vive más
tranquila que la esposa de un hombre violento” (2009:101).
De todas maneras, se declara en contra de las redes de explotación sexual,
sólo que no bajo el paraguas de abolir la prostitución -cuestión que ridiculiza
sosteniendo en paralelo la abolición del matrimonio heterosexual- sino a partir de
una mejora en las condiciones de inserción sociolaboral desde las que más saben:
“las trabajadoras del sexo más concienciadas y empoderadas” (Ziga, 2009:104). Lo
que propone, a fin de cuentas, es que desde los feminismos se acompañe y
fortalezca aquellas estrategias de organización autónomas de las trabajadoras
sexuales con el fin de abolir la dependencia a un fiolo, dependencia que suele
condenarlas a la pobreza y la violencia. Asimismo, esgrime también uno de los
argumentos más extendidos entre quienes se posicionan a favor de un trabajo
sexual más seguro y rentable para las prostitutas: ¿por qué sólo denunciar la
explotación de las trabajadoras sexuales?, ¿será que sólo ellas venden sus
cuerpos
al
capitalismo
heteropatriarcal?,
¿qué
hay
de
las
cajeras/os,
teleoperadoras/es, abogadas/os…?, ¿de dónde vendrá ese afán de escandalizarse
sólo por la venta de ciertas partes de nuestros cuerpos?
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Finalmente, señala que su autoproclamación como puta-perra no pretende
reivindicar un determinado trabajo remunerado, sino que procura impugnar y
resignificar el extremo paradigmático de la concepción sexualizada del cuerpo de
las mujeres: “el cuerpo disponible y penetrable de la puta” (Ziga, 2009:115), lo que
socialmente “marca la relación de servidumbre sexual de las mujeres hacia los
hombres en nuestro imaginario colectivo. Las mujeres somos putas y los hombres
hijos de puta cuando alguien quiere insultarnos. Por eso es tan transgresor, tan
irreverente, tan liberador reapropiarse del simbólico puta. Puta porque yo lo digo”
(2009:114-115).
Aquí sí que hay tela: hijabs y minifaldas
Luego de hacernos reflejar en el espejo de la puta y reconocer la misoginia detrás
de los argumentos abolicionistas que sostienen ciertas feministas, Ziga propone
dar una ojeada por el eurocentrismo que carcome nuestras perspectivas cuando
depositamos nuestra mirada sobre las otras mujeres, ésas que aparentemente se
esconden detrás de sus mal llamados velos.
Puesta a denunciar la islamofobia que pareció inundar la Europa occidental
desde hace algunos años, la autora va desmantelando la idea de que los velos
elegidos (Taleb y Bottom, 2004) -como se llama una de las obras que la inspiraron
a impugnar estos posicionamientos- sean símbolos de la subordinación o pasividad
de las mujeres musulmanas: “el patriarcado no se encuentra en el hijab, sino en la
prohibición u obligatoriedad de llevarlo” (Ziga, 2009:149).
Comparándolos con los pañuelos que se usan en las ceremonias de la
comunión católica, o con los que llevan las Madres de Plaza de Mayo, la autora se
irrita frente a la discusión que subyace bajo la polémica por una prenda tan
insignificante. Otra vez se trata del cuerpo de las mujeres, de las múltiples formas
en que el orden heteropatriarcal pretende legislar cómo y dónde cubrirlo por fuera
de la voluntad y el deseo de ellas mismas. En este sentido, hijabs y minifaldas
parecerían compartir la misma suerte: representan el escándalo que genera la
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libertad de las mujeres, una excusa para poder estigmatizar la estilización deseada
de sus propios cuerpos. Porque, como lúcidamente Ziga señala, ¿alguien se ha
escandalizado por ver a hombres y niños musulmanes usando sus chilabas? “Que
yo sepa [continúa], la chilaba es como un vestido de mujer ancho que suele
llevarse con pantalones debajo. [Sin embargo] la vestimenta masculina nunca es
tema de polémica” (2009:143).
Por otra parte, como toda una tradición de feminismos de la tercera ola ya lo
ha remarcado, Ziga denuncia la forma en que los fundamentalismos occidentales
pretenden ‘salvar’ a las mujeres de los países subdesarrollados, incluso, sin su
consentimiento. En este sentido, se reproduciría la “colonización discursiva” que
produce a la mujer del tercer mundo como un “sujeto monolítico” universalmente
subordinado, sin dar cuenta de sus diferencias y sin contextualizar o historizar su
heterogeneidad constitutiva (Mohanty, 1984). Y en definitiva, este tipo de discursos
es el que termina siendo cómplice de los intereses económicos internacionales
occidentales (Spivak, 2003) al ser operativo a sus gobiernos para “continuar con
las invasiones a Irak, Afganistán, Palestina… Es tan evidente que duele”
(2009:145), concluye Itziar Ziga.
Zurciendo las tramas de Devenir perra
Aún acordando con Judith Butler en que “nadie puede situarse dentro de una
definición del feminismo que no haya sido impugnada” (Butler, 2004:247), no
puede negarse que ciertas perspectivas se han legitimado y constituido en lugares
comunes de lo “feministamente correcto”.
Devenir perra es una invitación a
transgredir los bordes delineados precisamente en direcciones históricamente
impugnadas por esos feminismos.
Esta operación la podemos divisar en tres figuras. En primer lugar, Ziga
invierte los sentidos asignados a la estética de la hiperfeminidad putona considerada desde el feminismo como una encarnación del deseo masculino
heterosexual y un ícono de la cosificación del cuerpo de las mujeres- y la sitúa
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como una resignificación de la injuria. La posibilidad de autonombrarse “puta”
supone un ejercicio insumiso: ya no se es “puta” porque otros lo dicen en nombre y
bajo la normativa de las jerarquías de sexo/género, sino que se es “puta” por
elección propia y bajo códigos propios de ese ejercicio.
En segundo lugar, Ziga se opone a perspectivas cristalizadas dentro de
ciertos feminismos en relación a la anorexia. La autora resiste a la idea de que la
anorexia emerja a partir de las condiciones de opresión del orden heteropatriarcal,
condiciones que llegarían a trastornar a las mujeres que se toman demasiado en
serio la necesidad de encarnar el deseo masculino heterosexual. A cambio,
sostiene que la anorexia puede entenderse como una práctica de resistencia a
ciertos mandatos heteropatriarcales, como el matrimonio o la maternidad. Si bien
esta perspectiva amplía el marco de interpretaciones vigentes respecto de esta
problemática, es necesario señalar que la autora pasa demasiado rápido por un
fenómeno que pone en juego la vida de muchas mujeres y que no puede leerse
sólo como una elección voluntaria.
En tercer lugar, resiste a la idea de que las prostitutas siempre son víctimas
del mercado sexual masculino y a cambio rescata el deseo y la voz de quienes
optan por trabajar sexualmente con su cuerpo. En este sentido su perspectiva
pretende prevenirnos de los aires conservadores que vienen asimilando ciertos
discursos abolicionistas dentro de los feminismos contemporáneos.
Acordando más o menos con los diferentes posicionamientos de Ziga,
consideramos que los tres desplazamientos que ejecuta constituyen una bocanada
de aire fresco a ciertos debates feministas que parecen haberse sedimentado
alrededor de una serie de “consensos intocables”. Antes que reproducir
irreflexivamente esos consensos, esta obra nos invita a desmontarlos para poder
volver a las preguntas políticas que están en la base del movimiento feminista.
Porque a fin de cuentas, como apunta Judith Butler, deberíamos procurar
“mantener los valores democráticos en un movimiento que [históricamente ha
defendido] interpretaciones contradictorias sobre cuestiones fundamentales, sin
llegar a domesticarlas” (Butler, 2004:249).
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229
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