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Aroma de abuela

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Aroma de abuela
Aroma de abuela
Eréndira Leal
Muchas veces no necesito motivo ni pretexto para pensar en mi abuela, sin querer
me llegan recuerdos, algunos muy vívidos, lúcidos, como si no fueran recuerdos, incluso
me parece escucharla como si ella viviera todavía. Especialmente cuando percibo su aroma,
ese aroma tan peculiar que ella tenía y que me ensenó a identificarla, a necesitarla, buscarla
y encontrarla.
Doña Rebeca, Doña Rebe, mamá Rebe, mi abue, abue, simple y sencillamente abue!
Fue una mujer propia de su tiempo y de su tierra: tradicional, callada, digna, una
mujer toda entrega. Ella que solo vivió para los suyos, como decía frecuentemente “su
familia lo era todo”, y en realidad era todo lo que tenía. Enviudó muy joven y tuvo una
sola hija, mi madre. Vivió siempre con nosotros, sus siete nietos. Desafortunadamente,
no vivió lo suficiente pero le hubiera gustado tanto conocer al resto, a los treinta y dos
descendientes que formamos su familia. Todos sabemos de ella, conocemos mucho de
Abue Rebeca; no sé si alguno de ellos tenga la misma vivencia que yo, ésa que sin sentir me
hace recordarla: percibir ese aroma, su aroma, el aroma de abuela.
Mi abue siempre estaba ahí, donde fuera, en el lugar e instante preciso, para dar
consuelo, consejo o simplemente para hacerse sentir. ¡Eso es! Hacerse sentir. Como ese día
cuando me acerqué sigilosamente y me repegué a su lado, ella callada y serena continuó
tejiendo, esperó a que yo hablara. No sé cuánto tiempo pasó, seguí pegadita a su costado
y de pronto le pregunté: ¿Abue, a que hueles?, Sorprendida, continuó en lo suyo y me
respondió: “¿A qué huelo? ¿Qué quiere decir eso? ¿Huelo feo o bonito?” Oliéndola una y
otra vez respondí: No lo sé, no sé cómo, ¿dime a que hueles? Con toda calma dejó su labor
y sin mirarme, volvió a preguntar: ¿Cómo huelo, feo o bonito?, “Hueles bonito, quedito,
pero no es tu ropa, eres tú, tu brazo, no sé pero me gusta, me gusta mucho, es diferente de
todo”, dije y suspiré.
Recuerdo como tiernamente volteó y me dijo: “A ver niña, dime algo, ¿te gusta ese
olor cuando te acercas o cuando lo hueles desde lejos?” Me acerqué y cuidadosamente olí
su cuello y me quedé quieta oliendo su regazo. Se sonrió y me dijo: “¿Sabes a que huelo?
¡Huelo a abuela, tengo el perfume de las abuelas!” Me levanté y pregunté sin entender: ¿A
que huelen las abuelas? Me volvió a su regazo y contestó: “Olemos a amor, a paciencia, a
cariño, a travesura de nieto, a secretos de nieto, a un gran amor por los nietos. ¡Ese es el
olor de abuela!”
Me paré rápidamente y le dije: “¿Cómo está eso? ¿Todas las abuelas huelen como tú?
¡No creo, no puede ser!” Abue me tomó de las manos y continuó diciendo: “No, cada una
tiene su propio olor, es como cuando una mamá tiene a su bebé, así tú tienes un olor que
yo conozco y tú conoces el mío. Es el aroma que Dios me dio para ti y para cada uno de
mis nietos, todos lo huelen diferente porque soy la abuela de cada uno”. La abracé y le dije:
¡Abue, siempre quiero oler tu perfume de abuela! Me apretó contra ella y dijo: “Siempre lo
tendrás, solo piensa en mí y recuérdame; el aroma llegará solito cuando pienses en mí y en
lo mucho que te quiero!”
Hasta la fecha, el aroma de mi abuela llega solito. Así como el de mi madre llega al
de sus nietos. Así como yo quiero que mis nietos huelan el mío, como yo quiero que me
recuerden: “por el olor de abuela que es el amor por los nietos”.
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