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NACIMIENTO Estábamos armando el nacimiento cuando se fue la

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NACIMIENTO Estábamos armando el nacimiento cuando se fue la
NACIMIENTO
Estábamos armando el nacimiento cuando se fue la luz. Era
miércoles y ya no teníamos que ir al colegio al día siguiente.
Habían llegado las vacaciones de fin de año; el verano y sus
mañanas de playa, las tardes lentas de sol. Pronto vendría la
Navidad y haríamos un nacimiento bonito y alegre. Iban a ser
las nueve de la noche y yo quería terminar el pesebre antes de
que llegara mi papá y nos mandara a dormir. Aunque ahora
mi papá llegaba cada vez más tarde, casi con el toque de queda, cuando ya nos habíamos acostado. José María desenvolvía
las ovejitas panzonas y yo desenredaba unas guirnaldas que
saqué de una caja. En ese momento, todo se puso oscuro. En
la calle, hubo algunos gritos. Los perros comenzaron a ladrar.
–Apagón –dijo José María.
Tuve que esperar a que mis ojos se acostumbraran a la
oscuridad antes de moverme. José María se quedó quieto. Las
velas estaban en la cocina, sobre la mesa del comedor de diario. Yo las puse ahí por la mañana.
–No te muevas –le dije a José María–. Voy a traer las velas.
Me paré y caminé hacia la cocina. No se veía nada, el apagón era general. Yo conocía el departamento de memoria y
podía caminar con los ojos cerrados. Encontré las velitas misioneras encima de la mesa. No encontré los fósforos.
–¿Alma?
Era mi mamá, que me llamaba desde su cuarto. Salí de la
cocina y caminé hacia ella.
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–Alma, ¿qué ha pasado?
–Se ha ido la luz –respondí–. Hay apagón.
Mi mamá estaba echada sobre su cama, sin taparse, y tenía
su cuerpo inclinado hacia un lado. Miraba por la ventana. Vivíamos en el piso doce, el último, pero no se veía nada de luz
al otro lado de la ventana, a lo largo de toda la avenida Pardo.
Ni una sola vela encendida o lamparín de querosene en los
edificios vecinos. Todo estaba negro.
–¿Vino tu papá?
–Todavía no –le dije–. Pero ya estará por llegar.
–No lo creo –dijo mi mamá–. Debe estar muy ocupado.
Afuera, los perros seguían ladrando. Escuché algunas risas, probablemente de los niños de los otros pisos. Antes, los
apagones eran una fiesta. Ya no hacía falta terminar las tareas,
la excusa era perfecta. Podíamos hacer sombras chinescas en
la pared, o mejor aún, sentarnos alrededor de la vela y jugar
a la güija, contando historias de aparecidos y fantasmas. Pero
eso era antes.
–Voy a ir a ver qué está haciendo José María –le dije a mi
mamá.
–Está bien, Alma.
Di media vuelta. Mi mamá me llamó otra vez.
–Alma, ¿por qué han apagado todas las luces? No se ve
nada.
–Es que ha habido apagón, mamá. No hay luz en ninguna
parte.
–Apagón –repitió mi mamá. No dijo más y salí de su
cuarto.
José María seguía sentado en el mismo sitio en el que lo dejé.
Me senté a su lado. No había conseguido los fósforos, pero
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ya podía ver bien a pesar de la oscuridad. Traía las velitas misioneras en uno de los bolsillos de mi pantalón cargo.
–¿Qué has estado haciendo? –le pregunté.
–Nada –dijo José María–. Estaba pensando.
–¿En qué estás pensando?
José María se quedó callado. José María era así, miraba en
silencio, hacía preguntas con los ojos, hablaba poco. Aunque
yo no podía verlo por la falta de luz, podía imaginarme su
cara seria, cavilando, pensando en lo que quería decirme.
–Almita –dijo José María–. ¿Qué significa puta?
–¿Dónde has escuchado eso? ¿En el colegio? –le pregunté.
–No. Mi mamá lo dijo anoche.
Yo también la escuché. Ya era tarde y me había acostado, estaba a punto de coger sueño. Los gritos comenzaron
cuando llegó mi papá, no sé si antes o después del toque de
queda. José María debió despertarse al romperse el adorno de
la gaviota que mi mamá tenía en su mesa de noche. Hoy por
la mañana vi los pedazos en el suelo. Luego los recogí y los
eché a la basura.
–Es una mala palabra –le dije.
–¿Mala palabra? –preguntó José María–. ¿Una lisura?
–Sí... una lisura. Pero peor. Mucho peor.
–¿Y por qué mi mamá dijo anoche esa mala palabra?
José María llevaba un pequeño bulto en la mano derecha.
Era la caja de fósforos.
–Mi mamá no se está sintiendo bien últimamente –le dije
a José María, quitándole los fósforos–. No le hagas caso.
Saqué una velita misionera del bolsillo de mi pantalón y
la encendí. La llama era pequeña y azul y amarilla. Nuestras
sombras se proyectaron en las paredes, gigantescas.
–Pero qué significa –dijo José María.
–¿Qué cosa?
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–Puta. Qué significa puta.
Una nueva pregunta de José María, directa como un misil.
El otro día me preguntó si era obligatorio casarse, así como
era obligatorio ir al colegio. Y antes quiso saber por qué las
mujeres se sentaban para orinar y los hombres lo hacían de
pie.
–Una puta es una mujer que no es buena –le dije–. Es una
mala mujer.
–¿Y quién es esa mujer?
Escuchamos una detonación, lejos pero fuerte. Un coche
bomba. Comenzaron a sonar sirenas de patrulleros.
–No lo sé –dije.
Sonó otra detonación, más cerca pero todavía lejana, aunque mucho más fuerte. Las sirenas seguían sonando y todos
los perros del barrio ladraban a la vez.
–Será mejor que nos vayamos a dormir –dije al mismo
tiempo que me ponía de pie. Llevaba la velita misionera encendida–. Mañana terminaremos el nacimiento.
Fui con José María a su cuarto y lo ayudé a cambiarse y
ponerse el pijama. José María seguía callado, pensando en los
coches bomba, en las ovejitas panzonas del nacimiento o en
el significado de la palabra puta. Tal vez en todo eso junto. O
tal vez en otra cosa.
–¿Quieres que te cuente un cuento antes de dormir? –le
pregunté, tapándole con una manta.
–No –dijo José María.
–¿Quieres que me vaya?
–Sí.
Me fui a mi cuarto con la velita misionera. Me puse mi
pijama y me metí en la cama. Apagué la llama de un soplido.
Al poco rato me quedé dormida. No sé cuánto tiempo pasó,
pero me despertaron los gritos. Abrí los ojos. Todo seguía
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oscuro. Mi mamá y mi papá estaban peleando de nuevo. Oí
cosas que se rompían. Pensé en José María y lo imaginé despierto, metido en su cama, escuchando lo mismo que yo.
A la mañana siguiente, me levanté muy temprano. Entré sin
hacer ruido al cuarto de mis papás. Mi mamá todavía dormía,
cubierta por una sábana blanca. Mi papá no estaba. En el
suelo, se desperdigaban los fragmentos del cenicero blanco.
Esquirlas por todas partes, pedazos blancos de cerámica y
astillas sobre el parqué. Volteé hacia el aparador que antes
usaba mi mamá para maquillarse por las mañanas. El espejo
tenía un pequeño círculo en la parte superior derecha, como
un sol dibujado por José María en sus cartulinas, con rayos
irregulares que se proyectaban a lo largo del cristal. Me acerqué a ver a mi mamá. Dormía profundamente. En su velador,
vi un frasco de pastillas blancas. Salí del cuarto. Regresé con
la escoba y un recogedor. Lo limpié todo y fui a buscar a José
María.
–Hola –le dije–. ¿Cómo amanecimos hoy?
Él ya estaba despierto cuando entré a su cuarto. Parecía
que me hubiese estado esperando. Lo llevé al baño, le hice lavarse las manos y la cara. Mojé su pelo y lo peiné con una raya
al costado, como cuando lo alistábamos para ir al colegio.
–¿Adónde vamos a ir? –me preguntó.
–Vamos a terminar el nacimiento, para que el Niño Jesús
te traiga muchos regalos mañana.
–Eso no es cierto –dijo José María–. El Niño Jesús no trae
los regalos.
–No, señor. La Navidad es la fiesta del Niño Jesús. Celebramos su nacimiento y por eso nos hacemos regalos. Si no
fuera por Jesús, no habría Navidad ni regalos ni nada.
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José María se puso serio. José María vivía poniéndose serio a cada rato. No le gustaba perder. Era un picón.
–Papá Noel no existe –dijo–. Los Reyes Magos tampoco.
–Nunca nos hicieron creer en Papá Noel y siempre supimos
que no existía –le dije, mientras caminábamos los dos hacia la
sala–. Y no digas que los Reyes Magos no existieron. Llevaron
oro, incienso y mirra. Tú sabes mejor que yo la historia.
El nacimiento estaba tal como lo dejamos, con el pesebre
vacío y las ovejitas panzonas en el suelo. Las guirnaldas enredadas y todas las demás figuras de yeso envueltas en papel
periódico. El misterio seguía guardado en una caja aparte, que
no pude abrir la noche anterior. Era una de esas viejas cajas
de leche Gloria, de la época en que todavía vendían los tarros
sin restricciones.
–Empezamos por el pesebre –le dije a José María.
–Almita, ¿qué va a pasar si mi papá y mi mamá se divorcian?
–Eso no va a pasar, José María.
Abrí la caja del misterio y comencé a desenvolver las figuras, pasándoselas a José María para que las fuese acomodando en el pesebre. San José, la Virgen María, el burrito y
la vaquita, el Niño Jesús, todas intactas. El pesebre era una
casa de madera, alta y de columnas espaciadas, con techo de
calaminas. José María seguía serio.
–Tenemos que tapar al Niño –dije–. Lo destaparemos mañana, cuando den las doce.
–¿Dónde está mi papá? –preguntó José María.
–Trabajando. Luego va a ir a comprar los regalos.
Tapé al Niño con un pañuelo. Saqué la estrella fugaz y el
pasto artificial. Se los pasé a José María.
–Si mi papá se va –dijo José María–, ¿quién se tiene que ir
con él? ¿Tú o yo?
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–Mi papá no se va a ir. Nadie se va a ir a ningún lado.
El pesebre ya estaba listo. Ahora faltaba armar el resto del
nacimiento: las montañitas de papel, los pastores y las ovejas,
las iglesias serranas. Y también los Reyes Magos. Todo seguía
envuelto y embalado, lo único que habíamos podido sacar
antes del apagón fueron las ovejitas panzonas que tanto le
gustaban a José María.
–¿Va a haber apagón en Navidad? –preguntó José María,
desenvolviendo los pastores.
–No creo –le dije–. Los terroristas también tienen familia
y van a querer pasar la Navidad tranquilos.
Hicimos dos montañas, una a cada lado del pesebre. Usamos como soporte las cajas en las que guardábamos las figuras y las cubrimos con papel nacimiento de color verde.
Ubicamos a los pastores, los más grandes en el suelo y los
más pequeños sobre las cajas, rodeados de ovejitas. Pusimos
todas las iglesias serranas a lo largo del nacimiento y al otro
extremo colocamos a los Reyes Magos.
–¿Mi mamá no va a venir a ayudarnos? –dijo José María.
–A mi mamá le está doliendo la cabeza –dije–. Además, ya
nos falta poquito.
–¿Por qué le duele la cabeza a mi mamá? ¿Se golpeó
anoche?
–No se ha golpeado. Le duele la cabeza de tanta preocupación.
–¿Y de qué está preocupada?
–Nada importante. Problemas que nunca faltan.
Saqué los juegos de luces intermitentes y le di uno a José
María para que me ayudara a desplegarlos alrededor de las
figuras. Nos gustaba meter los foquitos dentro de las iglesias
para que se iluminaran por dentro. Cubrimos todo el nacimiento con el pasto artificial. Dejamos la nieve para las partes
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más altas de las montañas y colocamos las guirnaldas alrededor del pesebre.
–Muy bien. Ya tenemos listo el nacimiento.
Enchufé las luces al tomacorriente y todos los foquitos
multicolores se encendieron. Comenzaron a parpadear, en
forma sincronizada. Lucecitas amarillas, rojas, verdes y azules, apagándose y volviéndose a encender. Nos pusimos de
pie y nos alejamos un poco para verlo todo en conjunto.
–Ha quedado bonito –dije–. De noche se va a ver mejor.
José María miraba el nacimiento iluminado, las manos en
los bolsillos de su pantalón, siempre serio.
–¿Y si hay apagón? –dijo, al cabo de un rato.
Al mediodía, preparé el almuerzo. Hice un poco de arroz y
abrí dos latas de grated de sardinas que encontré en la alacena. José María comió todo y me ayudó a lavar los platos y la
olla arrocera. Cuando acabamos, encendí el televisor. Solo
pasaban telenovelas mexicanas. En el canal del Estado, Alan
García repetía la orden del toque de queda a partir de la medianoche. Lo apagué. Llevé a José María a su cuarto y le di
cartulinas para que se pusiese a dibujar. Luego fui a ver a mi
mamá.
Estaba echada sobre su cama, con su pijama rosado, vuelta
siempre hacia la ventana. Me acerqué hacia ella. No se movía.
–¿Mamá?
No hubo respuesta. Por la ventana podía ver la avenida
Pardo con sus faroles y sus árboles, la gente caminando, cargando bolsas.
–Mamá, mañana es Nochebuena –dije, mirándole la espalda recortada, los hombros desnudos-. Tenemos que comprar
un panetón y preparar el pavo.
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