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Descargar - Ciudad Nueva

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Descargar - Ciudad Nueva
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Fabio Ciardi
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uando el Señor se le apareció a Moisés sobre el monte
Sinaí, proclamó su identidad presentándose: “el Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para
enojarse y pródigo en amor y fidelidad” (Éxodo 34, 6). La
Biblia hebrea, para indicar la naturaleza de este amor de misericordia utiliza una palabra (rahamim) que rememora el
regazo materno, el lugar de donde proviene la vida. Dándose
a conocer como “misericordioso”, Dios muestra la premura
que tiene por cada criatura, similar a la de una mamá por su
niño: lo quiere, está cerca de él, lo protege, lo cuida. La Biblia
usa también otro término (hesed) para expresar otros aspectos del amor-misericordia: fidelidad, benevolencia, bondad,
solidaridad.
También María, en su Magnificat, canta la misericordia
del Omnipotente que se extiende de generación en generación (cf. Lucas 1, 50).
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ritano que cura las heridas del hombre caído en manos de
los ladrones (cf. Lucas 15, 11-32; 3-7; 10, 30-37).
Dios, Padre misericordioso, simbolizado en esas parábolas, no solamente nos ha perdonado sino que ha donado la
vida misma de su hijo Jesús, nos ha donado la plenitud de
la vida divina. Por eso el himno de gratitud:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor
con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos
a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo” .
Esta palabra de vida tendría que suscitar en nosotros la
misma alegría y gratitud que en Pablo y la primera comunidad cristiana. También con cada uno de nosotros Dios
se muestra “rico en misericordia” y “grande en el amor”,
dispuesto a perdonar y darnos confianza. No existe situación de pecado, de dolor, de soledad, en la cual él no se
haga presente, no esté a nuestro lado para acompañarnos
en el camino, para darnos confianza, la posibilidad de levantarnos y la fuerza para recomenzar siempre.
En su primer “Angelus”, el 17 de marzo de 2013, el papa
Francisco comenzó a hablar de la misericordia de Dios,
un tema que después se tornó habitual. En esa ocasión
dijo: “El rostro de Dios es el de un padre misericordioso,
que siempre tiene paciencia… nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos…”. Concluyó ese primer
breve saludo recordando que: “Él es el Padre amoroso
que siempre perdona, que tiene un corazón de misericordia para todos nosotros. Aprendamos a ser también nosotros misericordiosos con todos”.
Ésta última indicación nos sugiere un modo concreto
para poner en práctica esta palabra de vida.
El mismo Jesús nos habló del amor de Dios revelándolo
como un “Padre” cercano y atento a nuestras necesidades,
dispuesto a perdonar, a donarnos todo aquello que nos
hace falta: “Hace salir el sol sobre malos y buenos, y hace
caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mateo 5, 45). Su amor
es verdaderamente “rico” y “grande” como lo define la carta a los Efesios, de donde se tomó esta palabra de vida:
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor
con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos
a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo”.
El de Pablo es casi un grito de alegría que nace de la
contemplación de la acción extraordinaria que Dios realizó con nosotros: estábamos muertos y nos hizo revivir
dándonos vida nueva.
La frase comienza con un “pero”, como para indicar el
contraste con lo que Pablo ya había constatado: la condición trágica de la humanidad aplastada por culpas y
pecados, prisionera de deseos egoístas y malos, bajo la influencia de las fuerzas del mal, en abierta rebelión contra
Dios. Esta situación hubiera merecido el estallido de su
enojo (cf. Efesios 2, 1-3). Por el contrario, Dios en lugar
de castigar a la humanidad vuelve a darle vida: no se deja
guiar por la ira sino por la misericordia y el amor, de allí
el estupor de Pablo.
Jesús ya había dejado intuir este modo de actuar de Dios
cuando narró la parábola del padre de los dos hijos, que
recibe con los brazos abiertos al más joven, hundido en
una vida desenfrenada. Lo mismo con el ejemplo del buen
pastor que va en busca de la oveja perdida y la carga sobre
sus hombros para traerla de vuelta a casa, o el buen sama-
Si con nosotros Dios es rico en misericordia y grande
en el amor, también estamos llamados a ser misericordiosos con los demás. Si él ama a personas malas, que le son
enemigas, tenemos que aprender a amar a todos los que
no son “amables”, incluidos los enemigos. ¿Acaso Jesús
no dijo: “Felices los misericordiosos, porque obtendrán
misericordia”? (Mateo 5, 7). ¿No nos pidió que seamos
“misericordiosos como es misericordioso el Padre”? (Lucas 6, 36). También Pablo invitaba a sus comunidades,
elegidas y amadas por Dios, a revestirse de “sentimientos
de compasión, de benevolencia, de humildad, de dulzura,
de paciencia” (Colosenses 3, 12).
Si creemos en el amor de Dios, también nosotros podremos amar con ese amor que está cercano en cada
situación de dolor y necesidad, que todo lo excusa, que
protege, que sabe cómo cuidar.
Viviendo de esta manera podremos ser ejemplos del amor
de Dios y ayudar a todos los que encontremos a descubrir
que también con ellos Dios es rico en misericordia y grande
en el amor ·
Palabra de Vida
C
(Efesios 2, 4-5)
“Pero Dios, que es rico en misericordia,
por el gran amor con que nos amó,
precisamente cuando estábamos muertos
a causa de nuestros pecados,
nos hizo revivir con Cristo.”
Mayo 2015
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