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Sigmund Freud EL «BLOCK» MARAVILLOSO 1924 [1925]

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Sigmund Freud EL «BLOCK» MARAVILLOSO 1924 [1925]
Sigmund Freud
EL «BLOCK» MARAVILLOSO
1924 [1925]
Librodot
El block maravilloso
Sigmund Freud
Cuando desconfiamos de nuestra memoria —desconfianza que alcanza gran
intensidad en los neuróticos, pero que también está justificada en los normales— podemos
complementar y asegurar esta función por medio de anotaciones gráficas. La superficie que
conserva estas anotaciones, pizarra, u hoja de papel, es entonces como una parte
materializada del aparato mnémico que llevamos, invisible, en nosotros. Nos bastará, pues,
saber el lugar en el que se halla el «recuerdo» así fijado para poderlo «reproducir» a
voluntad, con la certeza de que ha permanecido invariable, habiendo eludido así las
deformaciones que quizá hubiese sufrido en nuestra memoria.
Pero cuando queremos servirnos ampliamente de esta técnica para perfeccionar
nuestra función mnémica, advertimos que podemos poner en práctica dos distintos
procedimientos. Podemos, primeramente, elegir una superficie que conserve intacta,
durante mucho tiempo, la anotación a ella confiada; esta es, una hoja de papel sobre la que
escribiremos con tinta, obteniendo así una «huella mnémica permanente». La desventaja de
este procedimiento consiste en que la capacidad de la superficie receptora se agota pronto.
La hoja de papel no ofrece ya lugar para nuevas anotaciones, y nos vemos obligados a
tomar otras nuevas. Por otro lado, la ventaja que este procedimiento nos ofrece al
procurarnos una «huella permanente» puede perder para nosotros su valor cuando, al cabo
de algún tiempo, deja de interesarnos lo anotado y no queremos ya «conservarlo en la
memoria». El segundo procedimiento no presenta estos defectos. Si escribimos, por
ejemplo, con tiza sobre una pizarra, tendremos una superficie de capacidad receptora
ilimitada, de la que podremos borrar las anotaciones en cuanto cesen de interesarnos, sin
tener por ello que destruirla o tirarla. El inconveniente está aquí en la imposibilidad de
conservar una huella permanente, pues al querer inscribir en la pizarra cubierta ya de
anotaciones alguna nueva, tenemos que borrar parte de las anteriores. Así pues, en; los
dispositivos con los cuales sustituimos nuestra memoria, parecen excluirse,: entre sí, la
capacidad receptora ilimitada y la conservación de huellas permanentes; hemos de renovar
la superficie receptora o destruir las anotaciones.
Los aparatos auxiliares que hemos inventado para perfeccionar o intensificar
nuestras funciones sensoriales están todos construidos a semejanza del órgano sensorial
correspondiente o de un parte del mismo (lentes, cámaras fotográficas, trompetillas, etc.).
Desde este punto de vista, los dispositivos auxiliares de nuestra memoria parecen muy
defectuosos, pues nuestro aparato anímico realiza precisamente lo que aquéllos no pueden.
Presenta una ilimitada capacidad receptora de nuevas percepciones y crea, además, huellas
duraderas, aunque no invariables, de las mismas. Ya en La interpretación de los sueños
(1900) expusimos la sospecha de que esta facultad, poco común, correspondía a la función
de dos distintos sistemas (órganos del aparato anímico). Poseeríamos un sistema encargado
de recibir las percepciones, pero no de conservar de ellas una huella duradera,
conduciéndose así, con respecto a cada nueva percepción, como una cuartilla intacta. Tales
huellas permanentes de los estímulos cogidos surgirían luego en los «sistemas mnémicos»
situados detrás del sistema receptor. Más tarde (Más allá del principio del placer)
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El block maravilloso
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agregamos la observación de que el fenómeno inexplicable de la conciencia nace en el
sistema perceptor en lugar de las huellas duraderas.
Hace poco tiempo ha surgido en el comercio, con el nombre de «block
maravilloso», un objeto que parece prometer mayor utilidad que la hoja de papel o la
pizarra. No pretende ser más que un memorándum del cual pueden borrarse cómoda y
sencillamente las anotaciones. Pero si lo observamos más detenidamente encontramos en su
construcción una singular coincidencia con la estructura por nosotros supuesta de nuestro
aparato perceptor y comprobamos que puede, en efecto, ofrecernos las dos cosas: una
superficie receptora siempre pronta y huellas permanentes de las anotaciones hechas.
El block maravilloso es una lámina de resina o cera de color oscuro, encuadrada en
un marco de papel y sobre la cual va una fina hoja transparente, sujeta en su borde superior
y suelta en el inferior. Esta hoja es la parte más interesante de todo el aparato. Se compone,
a su vez, de dos capas separables, salvo en los bordes transversales. La capa superior es una
lámina transparente de celuloide, y la inferior, un papel encerado muy delgado y
translúcido. Cuando el aparato no es empleado, la superficie interna del papel encerado
permanece ligeramente adherida a la cara superior de la lámina de cera.
Para usar este block maravilloso se escribe sobre la capa de celuloide de.la hoja que
cubre la lámina de cera. Para ello no se emplea lápiz ni tiza, sino como en la antigüedad, un
estilo o punzón. Pero en el block maravilloso, el estilo no graba directamente la escritura
sobre la lámina de cera, sino por mediación de la hoja que la recubre, adhiriendo a la
primera, en los puntos sobre los que ejerce presión, la cara interna del papel encerado, y los
trazos así marcados se hacen visibles en un color más oscuro, en la superficie grisácea del
celuloide. Cuando luego se quiere borrar lo escrito basta separar ligeramente de la lámina
de cera la hoja superior, cuyo borde inferior queda libre. El contacto establecido por la
presión del estilo entre el papel encerado y la lámina de cera, contacto al que se debía la
visibilidad de lo escrito, queda así destruido, sin que se establezca de nuevo al volver a
tocarse ambos, y el block maravilloso aparece otra vez limpio y dispuesto a acoger nuevas
anotaciones.
Las pequeñas imperfecciones de este objeto no presentan, naturalmente, para
nosotros interés alguno, puesto que nuestra intención no es sino perseguir sus coincidencias
con la estructura de nuestro aparato anímico perceptor.
Si después de escribir sobre el block maravilloso separamos con cuidado la hoja de
celuloide de la de papel encerado, seguimos viendo lo escrito sobre la superficie de este
último y podemos preguntarnos qué utilidad ha de tener la hoja de celuloide. Pero en
seguida advertimos que el papel encerado se rasgaría o se arrugaría si escribiésemos
directamente sobre él con el estilo. La hoja de celuloide es, por tanto, una cubierta
protectora del papel encerado, destinada a protegerle de las acciones nocivas ejercidas
sobre él desde el exterior. El celuloide es un <dispositivo protector contra las excitaciones»,
y la capa que las acoge es propiamente el papel. Podemos ya recordar aquí que en Más allá
del principio del placer expusimos que nuestro aparato perceptor se componía de dos capas:
una protección exterior contra los estímulos, encargada de disminuir la considerable
magnitud de los mismos, y bajo ella, la superficie receptora.
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La analogía no tendría mucho valor si terminase aquí. Pero aún va más lejos. Si
levantamos toda la cubierta -celuloide y papel encerado-, separándola de la lámina de cera,
desaparece definitivamente lo escrito. La superficie del block queda limpia y dispuesta a
acoger nuevas anotaciones. Pero no es difícil comprobar que la huella permanente de lo
escrito ha quedado conservada sobre la lámina de cera, siendo legible a una luz apropiada.
Así pues, el block no ofrece tan sólo una superficie receptora utilizable siempre de nuevo,
como la pizarra, sino que conserva una huella permanente de lo escrito, como la hoja de
papel. Resuelve el problema de reunir ambas facultades distribuyéndolas entre dos
elementos _sistemas_ distintos, pero enlazados entre sí. Coincide, pues, exactamente, con la
hipótesis antes citada sobre la estructura de nuestro aparato anímico perceptor. La capa que
acoge los estímulos no conserva su huella permanente, y los fundamentos de nuestra
memoria nacen en otro sistema vecino. No debe preocuparnos aquí que las huellas
permanentes de las anotaciones recibidas no sean ya utilizadas en el block maravilloso.
Basta que exista. Alguna vez ha de concluir la analogía de tal aparato auxiliar con el órgano
que copia. El block maravilloso no puede tampoco «reproducir» las inscripciones borradas
«desde el interior». Sería realmente maravilloso si pudiera hacerlo así, como nuestra
memoria. De todos modos no nos parece muy aventurado comparar la cubierta compuesta
por el celuloide y el papel encerado con el sistema receptor de los estímulos y su
dispositivo protector; la lámina de cera, con el sistema inconsciente situado detrás de él, y
la aparición y desaparición de lo escrito, con la conducta correspondiente de la conciencia
en cuanto a las percepciones. Pero, además, confieso que me siento inclinado a llevar más
allá la comparación.
En el block maravilloso, la escritura desaparece cada vez que suprimimos el
contacto entre el papel receptor del estímulo y la lámina de cera que guarda la impresión.
Esta circunstancia coincide con una idea que hace tiempo nos hemos formado sobre el
funcionamiento del aparato psíquico perceptor, pero que nunca habíamos aún expuesto.
Hemos supuesto que desde el interior son constantemente enviadas al sistema perceptor y
retiradas de él inervaciones de carga psíquica. En tanto que el sistema se mantiene investido
de energía psíquica recibe las percepciones acompañadas de conciencia y transmite el
estímulo a los sistemas mnémicos inconscientes. Pero cuando la carga de energía psíquica
es retraída de él, se apaga la conciencia y cesa la función del sistema. Es como si lo
inconsciente destacase, por medio del sistema receptor y hacia el mundo exterior, unos
sensibles tentáculos y los retrajese una vez comprobados los estímulos. En nuestra hipótesis
adscribimos las interrupciones que en el block maravilloso provoca una acción exterior al
efecto de una discontinuidad de las inervaciones, y en lugar de una supresión real del
contacto suponemos una insensibilidad periódica del sistema perceptor. Por último,
suponemos también que este funcionamiento discontinuo del sistema perceptor constituye
la base de la idea del tiempo.
Si se imagina que mientras una mano escribe en el block maravilloso hay otra que
levanta periódicamente la cubierta, se tendrá una idea de la forma en que por nuestra parte
hemos tratado de representar la función de nuestro aparato psíquico perceptor.
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