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Fragmento de Historia del pelo

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Fragmento de Historia del pelo
Historia del pelo (*)
Por Alan Pauls
No pasa día sin que piense en el pelo. Cortárselo
mucho, poco, cortárselo rápido, dejárselo crecer, no cortárselo
más, raparse, afeitarse la cabeza para siempre. No
hay solución definitiva. Está condenado a ocuparse del
asunto una y otra vez. Así, esclavo del pelo, quién sabe,
hasta reventar. Pero incluso entonces. ¿O no ha leído
que...? ¿No les crece el pelo también a...? ¿O eran las
uñas?
Una vez, en verano, escapando del calor –son las
cuatro de la tarde, casi no hay gente en la calle–, se mete
en una peluquería desierta. Le lavan el pelo. Está boca
arriba, con la nuca apoyada en la canaleta de plástico.
Aunque está incómodo y le duelen las cervicales, y lo inquieta
un poco la desaprensión con que su garganta parece
ofrecerse al tajo del primer degollador que le salga
al cruce, el masaje de los dedos, la dulce nube de perfume
vegetal que se desprende de su cabeza y la presión de
los chorros de agua tibia lo embriagan, transportándolo
de a poco hacia una especie de ensueño. No tarda en
dormirse. Lo primero que ve cuando vuelve a abrir los
ojos, tan cerca que lo ve fuera de foco, como pintado sobre
una superficie de arenas movedizas, es la cara de la
chica que le lava la cabeza inclinada sobre él, invertida,
la frente de ella suspendida a la altura de su boca. ¿Qué
está haciendo? ¿Lo huele? ¿Está por besarlo? Se queda
quieto, vigilándola con sus ojos ciegos, hasta que la chica,
después de unos segundos de concentración en que
se priva hasta de respirar, intercepta con una uña larga y
filosa el afluente descarriado de champú que estaba a
punto de metérsele en un ojo. Recién despierto, no puede
recordar, aunque lo intenta, cómo era en verdad esa
cara diez minutos atrás, cuando acababa de entrar en la
peluquería y la vio por primera vez y ella sin duda le salió
al cruce para preguntarle: «¿Te vas a lavar?» Ahora la
tiene tan cerca que sería incapaz de describirla. Podría
enamorarse de ella. De hecho no sabe si no se ha enamorado
ya, al abrir los ojos y descubrir su rostro casi pegado
al suyo, gigantesco, un poco como le sucede en el
cine cuando se queda unos segundos dormido y al despertar
se rinde al hechizo, siempre infalible, de lo primero
que ve en la pantalla.
No importa si lo que aparece es un paisaje, un paredón
comido por una enredadera, una avenida que hormiguea
de gente, una manada de animales, el bendito
portón de la fábrica de los hermanos Lumière –la primera
imagen siempre es una cara. La cara es el fenómeno
por excelencia, el único objeto de adoración para el
que no hay defensa ni remedio. Es algo que aprende de
muy joven, traduciendo a Shakespeare, cuando un teatro
municipal le encarga una versión en castellano actual
del Sueño de una noche de verano. Traduce el texto a velocidad
récord, en estado de trance, como traduce por
entonces todo lo que cae en sus manos: manuales de instrucciones
de electrodomésticos, diálogos de películas,
Kant, ensayos de teología de la liberación, psicoanálisis
lacaniano, encargos que tan pronto como acepta procede
a pasar por la máquina, como llama entonces a traducir,
y luego expele en una especie de alocado vértigo
digestivo. Pero después, una vez que ha entregado su trabajo
y le toca recibir los comentarios del director que
han contratado para poner en escena la obra, un ex acróbata
diminuto que fuma en boquilla y escupe el humo
de costado, por la arcada que le ha dejado a un lado de
la boca una muela prófuga, todo el precioso tiempo que
ha ganado con su método de traducción-bala lo pierde,
lo pierde sin consuelo, cuando se descubre volviendo a
casa con las ochenta y cinco páginas de la versión y la sugerencia,
la orden más bien, dado que los ensayos empiezan
en una semana, de insuflarle un tono un poco
más juvenil –justamente él, que no tiene veintitrés años
y ya parece de cuarenta–, cortar páginas enteras de versos
soberbios, incrustar el texto con la misma desoladora
fruta abrillantada de siempre, chistecitos, referencias
a la actualidad local, canciones ridículas, única manera,
según le confiesa avergonzado el director, de venderles
un Shakespeare a esas hordas de estudiantes secundarios
que pronto, obligados a su vez a comprarlo por sus escuelas,
clientes principales, si no únicos, de esa clase de
iniciativas del teatro municipal, harán retumbar sus salvas
de carcajadas y sus eructos en el circuito de salas moribundas
que persisten en programarlas.
¡El teatro! De la experiencia, sin embargo, él, más
bien vergonzoso, poco dado a socializar, rescata ante
todo el modo en que lo obliga a abrirse al mundo, la necesidad
–en su caso absolutamente inédita– de someter
su trabajo a la opinión, las ideas, el gusto de los otros, y
eventualmente de corregirlo si su traducción, perfecta
como suene en el papel, apenas salida de la máquina, en
boca de los actores, como más de una vez lo ponen
en evidencia los ensayos, deja que desear o resulta lisa y
llanamente impronunciable. Acostumbrado a trabajar
solo, a ser su propio patrón y no tener socios, le cuesta
confiar en el tipo de sociabilidad de la que hace alarde el
teatro, a la vez incondicional y caprichosa, que así como
nace con bombos y platillos con la presentación oficial
del elenco, florece con el llamado trabajo de mesa, los
ensayos, las pruebas de vestuario, las rivalidades, el flirteo
indiscriminado, se consolida con esos inmensos volúmenes
de tiempo dilapidados en esperas, llegadas tarde,
crisis de llanto en los camarines, sobremesas en los
cafés de los alrededores del teatro, y llega a la cima absoluta
con el estreno, así también no tarda en disiparse
con las primeras funciones, como si todo ese articulado
andamiaje social sólo se hubiera puesto en pie para hacer
frente a las exigencias extremas del estreno, y termina
esfumándose pocas semanas después, una vez que la
obra baja de cartel y los mismos que un mes atrás habrían
dado la vida por cualquier otro miembro del elenco
se alejan ahora cada uno en una dirección distinta, en
una estampida triste, sin sonido, en busca de algún nuevo
contrato de trabajo. Así y todo, él –a su escala, como
es lógico, porque tampoco es cuestión de pedirle peras
al olmo– adhiere a esa fraternidad inestable con entusiasmo,
como quien abraza un tratamiento médico cuya
eficacia es estrictamente proporcional a los sacrificios
que reclama. Adhiere incluso cuando se expone a las inclemencias
para las que menos preparado está: por ejemplo,
vencer una timidez enfermiza y ponerse a charlar
con una actriz a la que ve por primera vez en su vida,
que le gusta (aunque pueden pasar meses antes de que
lo reconozca) y que de golpe, sin aviso alguno, mientras
roe con pudor el orillado brillante de una de las alitas
del traje que le ha tocado en suerte, le pregunta si le pasó
alguna vez que un hada de un bosque de las afueras de
Atenas le ofreciera chuparle la pija en el baño de un camarín
de teatro; o, como le sucede una tarde que no olvidará,
que semanas después sigue ruborizándolo, no
importa dónde lo asalte el recuerdo, esto: tener que cruzar
en presencia del elenco entero el vasto patíbulo de la
sala de ensayo, vestido con su pantaloncito de corderoy,
su camisa a rayas, su chaleco de lana sin mangas y su susceptibilidad,
señales de un apocamiento, un apego a la
convención y un «miedo al cuerpo» –como oye después,
mientras huye escaleras abajo, que alguien comenta en
voz baja– en los que jamás se le ocurriría pensar, a tal
punto forman parte de su naturaleza, si no se los enrostraran
la sorna con que lo contemplan los actores –ellos,
que no están vivos si no los mira alguien– y su propia
imagen, desvalida y vacilante, reflejada en el espejo que
ocupa de parte a parte la pared más larga de la sala.
Rescata de la experiencia el burbujeo social, la excitación,
la pasión de depender de los otros, de prestarse
medias, zapatillas de baile, maquillajes, tampones, incluso la compulsión de los actores a besarse y abrazarse
por cualquier motivo, mucho más propia de ex compañeros
de un viaje de egresados o de sobrevivientes de
una catástrofe aérea que de gente acostumbrada a verse
la cara día por medio en el escenario de un teatro, un
curso de clown o uno de esos restaurantes del centro de
la ciudad que siguen abiertos hasta bien entrada la madrugada.
Rescata en suma todo aquello que lo contradice
y lo saca de sí, de su ensimismamiento, aun a riesgo
de incomodarlo o, como termina sucediéndole, de
hacerle jurar en secreto que ni todo el oro del mundo
lo convencerá otra vez de escribir una sola línea para el
teatro.
Pero en particular, del texto de Sueño de una noche
de verano propiamente dicho, se queda con un hallazgo
del que por alguna razón no le alcanzan los años que tiene
ni tendrá para reponerse: la idea de un filtro de amor
que, derramado sobre los párpados de alguien que duerme,
forzará al durmiente, una vez despierto, a enamorarse
de lo primero que vea al abrir los ojos, no importa
lo que sea, animal salvaje, niño, harpía sin dientes, belleza
celestial. El recurso aparece en la primera escena del
segundo acto, donde el rey Oberón pretende ponerlo en
práctica con Titania, su mujer, para desenamorarla del
joven paje al que también él acaba de echarle el ojo, pero
en rigor está en el origen de todos y cada uno de los malentendidos
sentimentales que se multiplican en la comedia.
Tocados por el elixir mientras duermen, Titania,
que sólo desea a su paje, se enamora de un cómico ambulante
perfectamente vulgar, Lisandro olvida a su adorada
Hermia para caer rendido ante Elena y así sucesivamente. Una gota, una sola gota de ese jugo, destilado
no de cualquier flor sino de una sola, el pensamiento, y
el deseo se sale de quicio.
Por qué, es algo que desde entonces no puede evitar
preguntarse. Entiende perfectamente el carácter convencional
del truco, no es insensible a su pérfida comicidad,
pero, aun así, ¿por qué un rostro cualquiera, contemplado
al volver en sí después de un sueño, debería tener
esa capacidad de sortilegio? ¿Sólo porque es lo primero
que se ve, y porque el que se despierta lo ve cuando más
vulnerable es, antes de que la precaución, la distancia, la
sospecha, todo el diversificado sistema de defensas que
hace tolerable la vida en la vigilia tenga tiempo de volver
a organizarse y atrincherarlo? ¿O quizás porque es
justamente ese rostro que ve al despertar, a la vez anodino
y providencial, indiferente y milagroso, el que lo repatria
del sueño y lo rescata de la oscuridad, lo salva, lo
devuelve a la vida? ¿Por qué no?, se pregunta. Dormir,
abrir los ojos, sucumbir... No saber del otro más que eso
que se sabe en el acto, instantáneamente: que es un objeto
de amor. Eso es todo lo que sabe: que no es más que
un objeto de amor.
(*) Editorial Anagrama, 2010.
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