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LA AMIGA DE MAMÁ
Antonio Hernández Estrella
La recuerdo bien: Mirna era ese tipo de colegiala
que no podía describir a ciencia cierta, pues no se
trataba de la adolescente que entraba a la pubertad y que llevara consigo la ternura e ingenuidad
de la niña que no entiende nada; tampoco era la
chica consciente de su cuerpo, de saberse mujer y
lo mismo seducir a su compañero de clase que al
maestro o inclusive al intruso prefecto. Así no era
ella. Mirna, más bien, era una muchacha de escasos trece años con un andar grácil y cadencioso;
con el morral desbordante de libros y desorden,
con una piel canela de músculos firmes y torneados; con labios rojos, carnosos, delineados. Su
espalda angosta de vértebras prominentes dignas
de su cintura milimétrica y de una cadera de ensueño que cargaba unas nalgas redondas, firmes,
perfectas. Lo adivinas lector, desde aquellos años
se presentaba en mí un tropel de sangre, sudor y
deseos de ella.
Ahora que soy don Javier Vallejo Ordóñez, economista, prominente empresario, influyente político, catedrático universitario, pienso que no había
nada más hermoso que soñar con ella. A veces
besándola en las escaleras de la escuela, otras
veces cerca de su casa, y qué decir en mi propia
recámara, bajo mis sábanas.
Te imaginas esas noches lluviosas en que escuchas las gotas estrellarse contra tu ventana y tú
estás debajo de las cobijas saboreando los besos
salados de tu almohada, creyendo que ésta era el
cuerpo de ella, y te agarras y te aferras a esa figura imaginaria como a la vida misma. Afuera, el frío
y la humedad. Adentro, el calor y la humedad.
Desgraciadamente, esos sueños eran interrumpidos abruptamente cuando mi madre me despertaba con el alba. Cuando volvía a la realidad, yo
sabía que Mirna tarde que temprano se entregaría
a mí. El futuro sería muy fácil: nos amaríamos en
secreto en mi cuarto, con el pretexto de las tareas,
la llevaría a su casa al anochecer y así pasarían
los años. Más perfecto aún: ella abandonaría sus
estudios una vez terminada la secundaria y esperaría a que yo obtuviera un título universitario
para casarnos. Todo era exacto. Ahora sólo restaba enamorarla, aunque para ello tuviera que leer
el Manual del seductor.
De acuerdo con este texto, el primer paso era
mostrar indiferencia; después tendría que hacerle
ver que yo era el mejor estudiante, el más guapo
y perfecto deportista, lo cual así era; y por último
fumaría ante ella para demostrarle mi madurez.
Seguí esos tres pasos durante los tres años de la
secundaria. Lamentablemente sucedió lo contrario: mi indiferencia era tal que ella podía advertir
que yo la observaba en todo momento para ver
si en una de esas volteaba a mirarme; el espejo
también me traicionaría pues los barros juveniles
en la cara eran lo más cercano a los personajes
monstruosos de las series televisivas; el cigarro,
lejos de hacerme ver maduro, me valió dos suspensiones temporales por faltas al reglamento escolar.
En pocas palabras, había empezado al revés. La
desgracia principal consistió en que se fueron Imperceptiblemente mis tres años de oportunidad.
Perdí su rastro y al año siguiente ingresé al bachillerato. Sin embargo, y casi al término de la prepa,
llegó el milagro en voz de mi madre.
-Conocí a una ex compañera tuya en mi curso.
-¿Quién es ella? -pregunté suponiendo que se
trataría de cualquier insignificante alumna.
-Mirna -me contestó con una risa cómplice y los
ojos brillosos de aquella que lo puede suponer
todo.
Así llegó mi ansiada oportunidad. Ahora sólo restaría pedirle a mi madre que la llevara a casa a
tomar un café, el ver una película en la televisión,
o lo que fuera, siempre y cuando me la pusiera
al alcance. Y así fue. A la semana Mirna entró a
la casa. Al observarla llegar desde la ventana de
mi cuarto, lo primero que vino a mí no fue un suspiro ni tampoco una ilusión; más bien sentí que
mi sangre corría más rápido por mi cuerpo, como
si un enorme ejército de hormigas ascendiera por
cada una de mis venas. La respuesta no se dejó
esperar y llegué a la erección más firme y permanente de que tenga memoria.
La vi entrar por el zaguán. Llevaba una falda corta que dejaba ver sus piernas canela. La blusa
blanca contrastaba con el color cobrizo de su piel
y con el rojo fuego de sus labios que habían sido
finamente retocados.
Bajé corriendo a recibirla y no advertí que mi pantalón se estaba mojando a causa de la pasión
que ya se desbordaba por mi atributo. Pregunté a
mi madre dónde se habían conocido -lo cual por
supuesto ya sabía- para iniciar la conversación.
Después de obtener la respuesta necesaria, mi
madre se fue a preparar palomitas para nuestra
función de cine en la tele. Vimos una película aterrorizadora cuyo tema era la castración carnal y
psicológica.
Mamá se empezó a dormir en una forma inesperada. Yo le susurré al oído una pregunta obvia:
¿estás dormida? Al damos cuenta de que ya no
contestaba (¡qué raro!), Mirna se empezó a poner
nerviosa y sudorosa de miedo. Lo advertí y creí
que eso era algo natural al sentarse junto a un
muchacho tan apuesto y sensual como lo era en
aquellos años.
Convencí a Mirna de que estaríamos más a gusto si subíamos a mi recámara y escuchábamos
algunos discos de Raphael y Julio Iglesias, entre
otros baladistas igualmente ridículos; y funcionó:
en unos minutos estábamos tomados de la mano
mirándonos intensamente, como si atrás de las
pupilas se descubrieran paisajes insólitos, como
si el cielo y el mar estuvieran en planos invertidos
y la poesía no fuese otra cosa que nuestro silencio.
Besé su boca e intercambiamos saliva a través de
dos lenguas que parecían un par de peces guerreros que entrelazan su aspereza y humedad sin
descanso. Metí mi nariz en sus fosas nasales y
rocé con mis dedos
índices sus pezones firmes,
al tiempo que
ella acariciaba lo que tú
ya sabes.
Empezaron
a
desplomarse nuestras prendas
y prendidos
nuestros cuerpos empezaron a
frotarse ininterrumpidamente y aceleradamente hasta que no hubo
más remedio. Allí recibí el primer golpe a mi machismo: para Mirna ésta no era su primera vez.
Y quizá por ello en los sucesivos encuentros que
tuvimos, advertí su maestría en el arte bello de
amar.
Meses después, un día dejó de acudir a nuestra
casa. Tras semanas enteras de buscarla, la encontré y recibí el castigo más grande a mi virilidad
en sus palabras:
-Oye Javier, ya no soporto más Tengo que decírtelo.
Asustado, le pregunté cuál era el motivo de su
rostro angustiado. Y entonces lo dijo:
-Yo tengo esposo y me escapo por las tardes
porque tu mamá me paga, ay cómo te explicaría,
mmm... pues para hacerte hombrecito.
Continuó, pero ya con la desesperación y con las
lágrimas en los ojos.
-Lo peor es que me gustas y te estoy empezando
a amar, pero no podría vivir con un niñote, tonto y
maniatado como tú. Ve mi desgracia: a los dieciséis le estoy ayudando con los gastos a mi esposo que trabaja como herrero y que abandonó sus
estudios porque lo obligó mi papá, cuando le dije
lo que había pasado. Tú me entiendes...
Nunca más la volví a ver. Y hoy que estoy a punto
de cumplir 40 años, me pregunto por qué, después de mis matrimonios fracasados y en vísperas de contraer nuevas nupcias con Mariana, todavía tengo que saber si por fin esta vez mamá
estará de acuerdo.
VOCABULARIO
Abruptamente.-Violentamente.
Atributo.-Cualidad de un ser.
Cadencia.- Serie de sonidos, movimientos o acciones que se suceden de un modo regular.
Castrar.-Debilitar o inutilizar algo.
Grácil.-Sutil, delgado.
grácil.- sutil, delgado.
Susurrar.-Hablar muy bajo.
Tropel.- Movimiento acelerado y ruidoso de varias
personas o cosas que se mueven en desorden.
CUESTIONARIO
1.Describe el aspecto físico de Mirna.
2.¿Cuáles eran los sueños de don Javier Vallejo
Ordóñez cuando era adolescente?
3.¿Cuál era el plan de Javier para conquistar a
Mirna?
4.Después de tres años, quién propició el encuentro entre Mirna y Javier
5.¿Qué sucedió cuando Mirna llegó a la casa de
Javier?
6.¿A dónde condujo Javier a Mirna y qué sucedió?
7.¿Qué golpe moral recibió Javier?
8.¿Qué le confesó Mirna a Javier?
9.¿Por qué Mirna aceptó tener relaciones sexuales con Javier?
10.Cuándo Javier cumplió 40 años, ¿cuál era su
principal preocupación?
Ingenuidad.- Inocencia, ausencia de malicia.
Insólito.-No común, ni ordinario, desacostumbrado.
Prominente.-Que se destaca sobre lo que está a
su alrededor.
Pubertad.-Época de la vida en que comienzan
a manifestarse los caracteres de la madurez
sexual.
Seducir.-Engañar, persuadir sutilmente al mal
Profra. Rosa Elena Guerrero Lora
Prepa 8
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